“Se sentaron juntos donde nadie solía llegar, y él empezó a hablarle.”
Pasaron las semanas y el tiempo parecía correr con prisa, como si quisiera adelantarse a todo lo que estaba por llegar. Yuki cumplía siempre su promesa: vivía con cuidado, ocultaba lo que era, y solo dejaba brillar su verdadero ser cuando cruzaba en silencio la frontera bajo la luna llena. Pero algo empezó a cambiar en ella sin que pudiera evitarlo.
Cuando caminaba por la hierba, las flores a su paso se abrían con más fuerza y se volvían más hermosas que las demás. Pero cuando respiraba hondo o se distraía, una capa ligera de escarcha aparecía sobre los pétalos, fina y brillante, y las flores no se marchitaban, sino que parecían dormir protegidas por el frío. Al principio creyó que era casualidad. Luego entendió que era ella. Que su naturaleza se le escapaba, pequeña y silenciosa, sin que pudiera detenerla.
Una mañana, mientras ayudaba a regar los jardines, Iridessa se detuvo frente a ella y entrecerró los ojos.
—¿Has visto lo que pasa aquí? —le preguntó señalando un ramo de rosas que Yuki acababa de rozar—. Tienen brillo de escarcha… y sin embargo no se han dañado. Nunca vi nada igual. ¿Tú sabes qué ocurre?
El corazón de Yuki dio un vuelco. Se obligó a mantener la calma y apartó suavemente la mirada.
—No lo sé —respondió con voz tranquila—. Quizás… es solo el aire de la mañana.
Iridessa la miró un instante más, como si buscara algo en su rostro, y luego asintió despacio.
—Quizás. Pero te aseguro que es extraño. Todo parece cambiar cuando tú estás cerca.
Yuki se alejó sin decir nada más, apretando la mano sobre el cristal que llevaba en el pecho. Comprendió entonces que su padre tenía razón: cuanto más tiempo pasara, más difícil sería ocultarse. Aquella era solo la primera señal. Y si no tenía cuidado, pronto habría muchas más. Esa noche, antes de dormir, acarició el cristal y susurró con voz temblorosa:
—Papá… me descubrirán. Siento que no puedo ocultarlo siempre. ¿Qué será de mí entonces?
El cristal brilló suavemente contra su piel, como si le diera calor. Yuki respiró hondo y prometió a sí misma que tendría más cuidado. Que controlaría sus manos, su respiración, todo. Porque si la descubrían, perdería lo único que le daba sentido a su vida.
“Cada palabra suya se grabó en su corazón como algo sagrado.