“Yuki aprendió pronto que su vida tenía reglas que nadie más debía cumplir.”
Llegó el momento que Yuki siempre temía. Había permanecido en las tierras cálidas más tiempo del que debía. Había perdido la cuenta de los días entre las flores, entre las risas de las demás hadas, entre el cuidado de ocultarse cada mañana. No se dio cuenta hasta que empezó a sentirlo.
No fue de golpe. Empezó como un peso suave en el pecho, como si el aire fuera demasiado denso para respirarlo. Luego un dolor leve, sordo, que recorría sus brazos y sus piernas. Sus alas, que siempre brillaban sin esfuerzo, empezaron a sentirse pesadas, como si algo las jalara hacia abajo. Y cuando se miró las manos, vio que sus dedos temblaban levemente.
No era dolor de calor. No era dolor de frío. Era el dolor que su padre le había advertido: el castigo de haberse alejado demasiado tiempo del equilibrio que era ella misma.
Yuki se sentó en la hierba y apretó ambas manos contra el pecho. Respiró hondo, pero el aire no le bastaba. Entonces comprendió que se había retrasado. Que había cruzado el límite sin querer. Que si no regresaba pronto al frío, el dolor se volvería herida, y la herida podría no sanar jamás.
Se puso de pie despacio, obligándose a no mostrar nada ante las demás. Caminó recta, sin cojear, sin que nadie adivinara que cada paso le costaba. Al llegar a su habitación se dejó caer junto a la ventana y sacó el cristal. Estaba más frío que nunca, brillando con una luz intensa, como si la llamara.
—Tengo que volver —susurró con lágrimas en los ojos—. Tengo que llegar a ti.
Esperó a que cayera la noche y salió sin hacer ruido. Caminó hacia la frontera apoyándose en los árboles. Cada paso era más difícil que el anterior. Sus alas pesaban como plomo. Pero no se detuvo. Sabía que al otro lado la esperaba su equilibrio. Sabía que al otro lado estaba él. Y no importaba cuánto doliera caminar, porque lo que encontraría al llegar valía más que cualquier dolor.
“Y cada despedida le dolía más que la anterior."