“Alguien había empezado a notar sus salidas al atardecer.”
Cuando cruzó la frontera hacia el bosque invernal, el aire helado la recibió como un abrazo. Yuki apenas pudo dar unos pasos más antes de caer de rodillas sobre la nieve blanca y limpia. Respiró hondo, una y otra vez, sintiendo cómo el frío entraba en su pecho y calmaba aquel fuego que la consumía por dentro. Poco a poco el dolor fue aflojando sus garras. Sus alas recuperaron su ligereza. Sus manos dejaron de temblar.
—¿Qué has hecho? —dijo una voz llena de angustia.
Levantó la vista y lo vio. Lord Milori estaba allí, de pie junto a los pinos, con el rostro pálido y los ojos llenos de temor. Se acercó a ella en tres zancadas y se arrodilló a su lado, tomándola entre sus manos.
—Has sobrepasado tu tiempo —dijo él con voz quebrada, revisándola con la mirada—. Te lo advertí. Te lo dije mil veces, hija mía. Si te quedas más allá del límite, el dolor te hiere sin importar dónde estés. ¿Por qué no te cuidaste?
Yuki lo miró con lágrimas que le rodaban por las mejillas y se enfriaban apenas tocar el aire.
—Perdí la cuenta de los días —susurró—. Me distraje. Lo siento, papá. No quería preocuparte.
Milori la atrajo hacia sí y la abrazó con fuerza, temblando entero.
—Creí que te perdería. Que llegarías demasiado tarde. Que cuando te encontrara ya no habría nada que pudiera hacer. Prométeme que no volverá a pasar. Prométeme que contarás los días, que cuidarás de tu tiempo, que te cuidarás para mí.
—Lo prometo —dijo ella apretándose contra su pecho—. Contaré cada hora. No dejaré que se me escape el tiempo. Lo juro.
Él la sostuvo largo rato, hasta que su respiración recuperó por completo su ritmo. Y entonces le acarició el rostro con manos suaves y tristes.
—Tu cuerpo necesita descansar aquí unos días. Debe reencontrarse con su equilibrio. Tu madre sabrá que estás bien. Yo le avisaré. Quédate en mi bosque hasta que sanes. Pero debes ocultarte. Nadie puede verte. Nadie puede saber quién eres.
Yuki asintió. Y en aquel refugio de nieve y silencio, protegida por el secreto que los unía, entendió que su libertad tenía precio. Que cada día que vivía debía contarse con cuidado, porque su vida pertenecía a dos mundos, y ambos la amaban… y ambos podrían perderla.
“Y el miedo empezó a mezclarse con su alegría.”