Si yo hubiera contado la Historia

Capítulo 10 — Días de nieve y silencio

“Para no ser descubiertos, empezaron a hablarse sin palabras.”

Yuki permaneció unos días en el bosque de invierno, en un pequeño refugio escondido entre pinos cubiertos de escarcha, al que nadie acudía salvo él. Allí sanó. El aire puro y frío devolvió la fuerza a sus alas y el brillo a su mirada. No salió de aquel lugar. Nadie la vio. Solo él la visitaba, cada tarde, al caer la luz. Se sentaba a su lado y le hablaba del bosque, de los animales, de cómo el invierno cuidaba todo lo que descansaba bajo la nieve.

—El frío no es enemigo —le decía suavemente—. Muchas veces protege mejor que el calor. El calor puede quemar sin querer. El frío… solo pide que aprendas a llevarlo contigo.

Yuki lo escuchaba y entendía que hablaba de sí misma. Que ella era aquel equilibrio entre el calor y el frío. Que debía aprender a llevar ambos dentro sin que ninguno la rompiera.

—¿Algún día podré ser ambas cosas a la vez ante todos? —le preguntó una tarde mirando caer los copos sobre sus manos—. ¿Algún día podré decir quién soy sin tener que huir ni esconderme?

Milori guardó silencio largo tiempo. Luego respondió con voz pausada y llena de pena.

—No lo sé, hija mía. Quizás el mundo aún no está listo para algo como tú. Quizás debe pasar mucho tiempo antes de que dos mundos aprendan a mirarse sin temor. Mientras tanto… sé paciente. Sé fuerte. Y confía en que este secreto que llevas dentro es también tu mayor fuerza.

Cuando ya estuvo sana y su tiempo en el frío empezó a agotarse, él la acompañó hasta la frontera. Antes de cruzar, Milori le ajustó el cristal sobre el pecho y lo cubrió con su mano.

—Cuenta los días —le dijo una vez más—. Veinte días en el calor. Y regresa. Sin demora. Sin excepción. Tu vida depende de ello.

—Lo haré —prometió ella—. Veinte días. Y volveré a ti.

Lo abrazó con todas sus fuerzas, sabiendo que cada despedida era un dolor que llevaba clavado en el pecho. Luego cruzó la línea. Y mientras caminaba de regreso al prado cálido, apretó el cristal y empezó a contar. Uno. Dos. Tres. Sabiendo que cada número era un latido que la acercaba de nuevo a él.

“Y aquella luz en la noche se convirtió en su promesa más fiel.”




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