Si yo hubiera contado la Historia

Capítulo 11 — El peso de los días

“Yuki sintió que ya no podía cargar sola con todo aquello.”

Yuki contaba cada jornada como si fuera un tesoro que debía guardar con cuidado. Uno. Dos. Tres. Llevaba la cuenta grabada en la mente, en el corazón, en cada respiración. Veinte días. Ese era su límite. Ni uno más. Ni un día de demora.

Pero mientras cumplía su tiempo entre las flores y el sol, notó que algo empezaba a cambiar en ella. El cristal que llevaba sobre el pecho se mantenía fresco y constante, como siempre, pero su cuerpo empezaba a recordar el invierno mucho antes de que se cumpliera el plazo. Sentía que el aire cálido pesaba más sobre sus hombros. Que el sol, aunque amable, la agotaba antes de tiempo.

Un día, mientras caminaba por el prado, se detuvo y miró hacia el norte. Allá, más allá de los árboles oscuros, estaba su otro lugar. Allí donde no pesaba el calor, donde sus alas descansaban sin esfuerzo, donde él la esperaba. Y sintió en el pecho una punzada leve, parecida al dolor, pero distinta. Era la nostalgia. Era el anhelo de volver a lo que también era suyo.

Comprendió entonces que no solo su cuerpo necesitaba el equilibrio. Su alma también lo anhelaba. Que vivía dividida, y que aunque amaba aquel prado y a su madre, siempre le faltaría una parte de sí misma mientras estuviera lejos del bosque nevado.

Contó los días que faltaban. Aún faltaban tres. Tres jornadas que se le hicieron eternas. Y cada noche, antes de dormir, miraba hacia la frontera y susurraba en voz baja, como si el viento pudiera llevarle la palabra:

—Espera por mí. Faltan muy poco. Ya voy.

“Y al confiar, sintió que el peso se volvía más ligero.”




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