“Cierto día, unas voces nuevas llegaron hasta la frontera.”
Cuando por fin se cumplieron los veinte días, Yuki no esperó a que cayera la luna. Salió al atardecer, cuando el cielo se teñía de los mismos tonos que su cabello, y caminó hacia la frontera con paso firme. Esta vez no se retrasó. No perdió la cuenta. No dejó que nada la detuviera.
Al cruzar la línea, sintió de inmediato el alivio. El aire fresco le acarició el rostro y sus alas recuperaron su ligereza. Respiró hondo, sintiendo cómo el equilibrio volvía a instalarse en su pecho, suave y tranquilo. Él la esperaba, como siempre, junto a los pinos que parecían custodiar aquel secreto.
Esta vez no había angustia en su mirada, sino alivio. Se acercó a ella y le tomó ambas manos entre las suyas.
—Has venido a tiempo —dijo con voz suave—. Lo has logrado. Me has escuchado y te has cuidado. Gracias, hija mía.
—Prometí contar los días —respondió ella sonriendo levemente—. Y no te fallaría.
Pasearon juntos por entre la nieve, hablando en voz baja, como si el propio bosque debiera guardar el secreto. Yuki le contó lo que sentía: cómo el calor empezaba a pesarle antes de tiempo, cómo su alma parecía vivir siempre dividida entre un lugar y otro. Milori la escuchó con atención, deteniéndose a cada instante para mirarla, como si quisiera comprender cada palabra que ella decía.
—Eres de ambos sitios —le dijo entonces—. Por eso te sientes así. Tu corazón no pertenece a uno solo. Le pertenece al sol y a la nieve. A la primavera y al invierno. Y eso… es algo que nadie más podrá entender. Pero recuerda: mientras respetes tu tiempo en cada lugar, ambos te cuidarán. Si te quedas más de lo debido… ambos te lastimarán.
Yuki asintió. Comprendió que aquella era su vida. Que caminaría siempre entre dos mundos. Que amaría siempre en dos lugares. Y que su corazón, dividido pero entero, aprendería a vivir así.
“Comprendieron entonces que debían tener más cuidado que nunca.”