Si yo hubiera contado la Historia

Capítulo 20 — El aviso del tiempo

Alguien la siguió una noche hasta el límite del bosque.

Los días pasaron suavemente, como copos que caen despacio sobre la hierba. Yuki sanaba y descansaba, recuperando fuerzas y equilibrio. Pero cada tarde, cuando el sol se ocultaba tras los pinos, Milori le recordaba con voz suave pero firme:

—Cuenta los días, hija mía. El tiempo se acorta. Pronto deberás volver.

Yuki asentía y contaba. Uno. Dos. Tres. Y aunque sabía que debía irse, cada día le parecía demasiado corto, cada despedida demasiado cercana. Se aferraba a cada instante: a su voz, a su mano sobre su cabeza, a la forma en que la miraba como si ella fuera lo único hermoso que le quedaba en el mundo.

Una noche, antes de que se cumpliera su plazo, se sentaron juntos bajo las estrellas que brillaban con nitidez sobre el bosque. Milori le habló entonces con seriedad, tomándole ambas manos entre las suyas.

—Debes escucharme bien. El tiempo en el calor se mantiene en veinte días. Ni uno más. Si alguna vez sientes que no puedes irte, que algo te lo impide, envía una señal. Tira este cristal pequeño contra la frontera y cuando se rompa, vendré por ti. Sin preguntas. Sin demora. Pero jamás te quedes más allá del límite sin avisarme. Porque cuando el dolor llega, puede llegar demasiado rápido.

Le colocó un cristal más pequeño y ligero entre los dedos. Brillaba con la misma luz que el primero, pero más suave, como una estrella guardada en la palma de la mano.

—Prométeme que me escucharás —le pidió él mirándola a los ojos—. Tu vida es lo más precioso que tengo. Y si algo te ocurriera por no cuidarte… no sé qué sería de mí.

Yuki apretó el cristal contra su pecho y asintió con lágrimas en los ojos.

—Te lo prometo. Contaré cada día. Y si alguna vez no puedo volver… te llamaré. Vendrás por mí. Y yo te esperaré. Siempre.

Él la abrazó entonces, largo y silencioso, como si quisiera grabarse su calor para los días en que no pudiera verla. Y en aquel abrazo, Yuki entendió que su partida no era solo su dolor. Era también el de él. Que cada despedida le partía el corazón igual que a ella. Y que la esperanza de volver era lo único que los mantenía a ambos en pie.

Estuvieron a punto de ser descubiertos por completo.




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