Si yo hubiera contado la Historia

Capítulo 22 — Sombras en el camino

Desde aquel día, Yuki aprendió a mirar atrás antes de avanzar.

Los días siguientes fueron más difíciles que nunca. Yuki sentía miradas sobre ella a cada paso. Cuando caminaba por los jardines, cuando hablaba con otras hadas, cuando se alejaba un momento sola. Sabía que la vigilaban. Sabía que esperaban que cometiera un error, que dejara ver algo, que dijera una palabra de más.

Cada vez que salía, miraba hacia atrás repetidas veces. Cada vez que se dirigía a la frontera, daba rodeos, caminaba entre sombras, esperaba a que todos estuvieran ocupados o durmiendo. Nunca iba directa. Nunca hacía lo que era fácil. Porque sabía que si la seguían hasta él, todo habría terminado.

Una tarde, mientras se alejaba hacia el límite del bosque, escuchó pasos tras ella. No eran pasos de él. Eran ligeros y rápidos, tratando de no hacer ruido. Yuki se detuvo un instante, el corazón latiéndole con fuerza, y luego cambió de rumbo de pronto. Caminó hacia un arroyo cercano, se inclinó como si fuera a beber agua, y esperó.

Alguien apareció entre los árboles. Era una hada que vivía en el prado, a quien conocía de vista. Se detuvo al verla allí y fingió recoger unas flores.

—¿Qué haces tan lejos de todos? —le preguntó con voz que intentaba sonar casual, pero que escondía curiosidad.

—Solo buscaba aire fresco —respondió Yuki con calma, sin levantar la mirada—. El calor me agota hoy.

La otra hada la miró un momento, como si no creyera sus palabras. Luego asintió despacio y se alejó sin decir nada más. Pero Yuki sabía. Había venido a seguirla. A descubrir a dónde iba.

Regresó a su habitación con el alma en vilo. Aquello había sido muy cerca. Demasiado cerca. Si no hubiera cambiado de rumbo, si no hubiera estado alerta, ahora mismo sabrían a dónde iba. Y entonces… todo habría terminado.

Esa noche, apretando el cristal contra su pecho, tomó una decisión. Desde aquel día, esperaría a las noches más oscuras. Cuando no hubiera luna. Cuando las sombras fueran profundas. Cuando nadie pudiera verla caminar ni reconocerla. Aumentaría el riesgo de perderse, sí. Pero al menos, nadie la encontraría a él. Nadie llegaría hasta su puerta. Nadie los separaría.

—Espero por mí —susurró al cristal—. Y espero por ti. Nadie nos encontrará. Lo prometo.

Y desde aquel día, cada paso que daba era un secreto más guardado en la sombra. Cada camino era un rodeo. Cada encuentro era un milagro que lograban a escondidas. Y su amor, más fuerte que nunca, vivía en silencio, porque solo así podía seguir vivo.

Sabía que cada paso debía ser cuidadoso por los dos.




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