Si yo hubiera contado la Historia

Capítulo 23 — Caminos en la oscuridad

Yuki solo salía cuando la noche era más profunda y oscura.

Desde aquel día, Yuki solo salía cuando la noche era más profunda y las nubes cubrían la luna. Caminaba por senderos que nadie más usaba, rodeando los claros, pegándose a las sombras de los árboles. Aprendió a escuchar antes de avanzar, a detenerse al menor crujido, a saber si alguien la esperaba o la seguía. Cada paso era cuidadoso, cada respiración contenida. No solo por ella. Por él. Porque si la descubrían, lo descubrirían a él también.

Una noche, mientras avanzaba entre arbustos cargados de rocío, sintió de nuevo aquellos pasos. Más lejanos esta vez, pero inconfundibles. Alguien la seguía. Yuki apretó el cristal contra su pecho y cambió de rumbo de inmediato. Se adentró entre matorrales espesos, cruzó un arroyo de aguas frías, y esperó en silencio, con el corazón latiéndole desbocado. Los pasos se detuvieron cerca, luego dudaron, y finalmente se alejaron.

Yuki salió de su escondite temblando. Comprendió entonces que no era sospecha. La vigilaban de verdad. Había ojos que la seguían. Había oídos que esperaban que hablara. Y debía ser más cuidadosa que nunca.

Cuando por fin llegó a la frontera, él ya la esperaba. Al verla llegar con la respiración entrecortada y el semblante pálido, Milori se acercó de inmediato y la tomó entre sus manos.

—Algo te ha ocurrido —dijo con voz llena de alarma—. Te han seguido.

Yuki asintió, sin atreverse a hablar hasta recuperar el aliento.

—Sí. Me vigilan. Cada vez que salgo, hay alguien tras mis pasos. Casi me descubren esta noche. Si no hubiera tomado otro camino… habrían llegado hasta aquí.

Milori la miró largo rato, y en sus ojos se formó una sombra de angustia que ella jamás le había visto.

—Entonces debemos cambiar nuestro lugar —dijo él con firmeza—. Ya no es seguro encontrarnos aquí. Te llevaría hasta mí. Y no puedo permitir que te arrastren a ti por mi causa.

—No me importa el riesgo —respondió Yuki levantando la vista—. No me importa quién me siga. Mientras pueda verte, mientras pueda abrazarte, correré lo que sea necesario.

Milori le acarició el rostro con infinita ternura, pero negó con la cabeza.

—Tu vida vale más que unos minutos míos. Si te descubren, te apartarán. Te encerrarán. Y entonces… ni siquiera podré saber si estás bien. No. Cambiaremos el lugar. Nos veremos más arriba, donde los pinos crecen tan juntos que ni la luz de la luna logra pasar. Allí nadie te encontrará. Allí nadie osará seguirte.

Yuki asintió. Comprendió que él tenía razón. Que su amor debía volverse aún más silencioso, aún más escondido. Porque el peligro crecía con cada día que pasaba. Y debían protegerse mutuamente, aunque eso significara verse menos, aunque eso significara caminar siempre entre sombras.

Y aprendió que el amor verdadero también sabe caminar entre sombras.




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