Si yo hubiera contado la Historia

Capítulo 26 — El frío que protege

Llegó la noche en que se reunieron de nuevo en lo alto de la montaña.

Llegó la noche en que debía subir al nuevo refugio. Yuki salió cuando el cielo estaba más oscuro y las nubes ocultaban cada estrella. Caminó por los senderos más altos, lejos de todo rastro, asegurándose de que nadie la siguiera. Miró hacia atrás una y otra vez. Escuchó cada sonido. Y cuando por fin llegó al claro entre los pinos, respiró aliviada. Él ya estaba allí, esperándola entre sombras, como una parte más del bosque.

Se acercaron en silencio y se abrazaron. Ninguno de los dos habló al principio. Solo necesitaban sentir el calor del otro, saber que estaban a salvo, que nadie los había seguido.

—Has llegado bien —susurró él al fin, acariciándole el cabello—. Gracias a las estrellas, has llegado bien.

—Nadie me siguió —respondió Yuki apoyando la frente en su pecho—. Tomé los caminos más altos y oscuros. Nadie supo por dónde fui.

Permanecieron juntos largo rato, hablando en voz baja, protegidos por los árboles y la noche. Yuki le contó las miradas, las preguntas, el peso de vivir rodeada de ojos que esperaban su error. Milori la escuchó en silencio, apretándole la mano con fuerza cada vez que ella mencionaba el peligro.

—Entonces debemos ser aún más cuidadosos —dijo él cuando ella terminó—. Nos veremos menos. Vendrás solo cuando la noche sea más oscura y nadie pueda salir a seguirte. Y si alguna vez sientes que no puedes venir, que te vigilan demasiado… no vengas. Esperaré. No te arriesgues por verme. Mi vida no vale sin ti, pero tampoco quiero que te destruyan por mi causa.

Yuki lo miró con firmeza, apretando el cristal contra su pecho.

—No dejaré que nos separen. No dejaré que nadie nos quite lo que tenemos. Si debo caminar entre sombras para verte… caminaré. Si debo esperar noches enteras sin dormir… esperaré. Porque cada instante a tu lado vale más que toda una vida sin ti.

Milori la miró a los ojos y en su mirada había orgullo y también dolor.

—Eres tan fuerte… —susurró él—. Tan valiente. A veces me asombra que seas mi hija. Y a veces me aterra que seas tan valiente, porque sé que un día podrías enfrentarte al mundo entero por nosotros… y yo no podría soportar que te lastimen.

—No me lastimarán mientras lleve tu protección —respondió ella—. Y llevo tu protección siempre conmigo. Aquí, en este cristal. Y aquí, en el corazón.

Milori la abrazó y no dijo nada más. Y en aquel rincón escondido, bajo el refugio de los pinos y la oscuridad, ambos entendieron que su amor se volvía cada día más difícil, más peligroso… y también más fuerte que cualquier obstáculo.

Y entendieron que su amor se volvía más fuerte con cada dificultad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.