Si yo hubiera contado la Historia

Capítulo 28 — La decisión más dura

Aquella noche, Milori le dijo algo que partió el corazón de ambos.

Esa noche, cuando Yuki llegó al refugio entre los pinos, Milori la esperaba como siempre. Pero al verla llegar con los ojos hinchados y el semblante pálido, supo de inmediato que algo grave había ocurrido. Se acercó a ella y le tomó el rostro entre las manos.

—Algo te han dicho —dijo él con voz grave—. Lo llevo escrito en tu mirada. ¿Qué ocurre? ¿Te han hecho daño?

Yuki le contó todo. Las sospechas, las preguntas, las advertencias. Le contó lo que su madre había dicho: que si la descubrían, lo culparían a él. Que podrían apartarlo, prohibirlo, destruir todo lo que había construido. Cuando terminó, el silencio se extendió entre ambos como nieve espesa.

Milori permaneció callado largo rato, mirando hacia la oscuridad del bosque. Cuando habló, su voz sonó rota, como si cada palabra le costara un pedazo de alma.

—Entonces debemos dejar de vernos un tiempo.

Yuki sintió que el suelo se le hundía bajo los pies.

—¿No volver a verte? —susurró ella con lágrimas que ya caían sin contenerse—. ¿Ni siquiera una vez más?

—No para siempre —le aclaró él rápidamente, abrazándola con desesperación—. Solo hasta que se calmen. Hasta que dejen de vigilarte. Hasta que ya no corramos peligro. Si seguimos encontrándonos ahora, te descubrirán. Y si te descubren… nos destruirán a los dos. Prefiero esperar meses enteros sin verte a saber que te han lastimado. Prefiero mil despedidas a que te aparten de mí para siempre.

Yuki apretó su pecho contra el de él, llorando en silencio, sintiendo que aquel dolor era peor que cualquier herida que hubiera sentido jamás.

—¿Cuánto tiempo? —preguntó ella con voz pequeña y temblorosa—. ¿Cuánto tiempo sin verte?

—El tiempo que sea necesario —respondió él besándola en la frente con infinita tristeza—. Te enviaré señales. Cuando veas brillar una estrella solitaria sobre el pino más alto de la frontera… sabrás que estoy cerca. Que estoy bien. Que te espero. Y cuando el peligro haya pasado… yo te buscaré. No tú a mí. Así será más seguro.

Yuki lo miró a los ojos, grabando cada rasgo, cada línea, cada brillo en su mirada.

—Te esperaré —prometió ella—. Cuanto tiempo sea. Aunque sean meses. Aunque sean años. Contaré cada noche hasta que vuelvas a mí.

Se abrazaron entonces con tanta fuerza que parecían querer fundirse en uno solo, como si aquel fuera el último abrazo que tendrían. Y bajo la sombra de los pinos, padre e hija sellaron la promesa más dolorosa que jamás habían hecho: separarse, por amor. Para protegerse. Para volver a encontrarse, cuando el mundo dejara de ser enemigo.

Y se separaron, por amor, para protegerse mutuamente.




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