Si yo hubiera contado la Historia

Capítulo 31 — El regreso de la luz

Cuando la señal cambió, Yuki no dudó ni un instante en partir.

La señal brilló noche tras noche, siempre sobre el mismo pino, con aquel ritmo pausado que solo ella conocía. Yuki contó las noches que la estrella le habló, y cada una le devolvió un poco de la esperanza que había perdido. Su corazón dejó de pesar tanto. Sus alas recuperaron el brillo que habían perdido durante la espera. Sabía que él estaba allí, vigilándola, esperándola, igual que ella a él.

Una noche, la luz cambió. Ya no brilló tres veces fuerte y tres suave. Ahora destelló de forma distinta: una sola luz larga y clara, como diciendo "pronto". Yuki sintió que el aliento se le detenía. Apretó el cristal contra su pecho y susurró al viento:

—Vendré. Iré hacia ti. Cuando tú me llames, yo iré. Sin dudarlo.

Esperó tres noches más. Y entonces, la señal cambió de nuevo. Brilló una sola vez, firme y clara, y luego se apagó. Era el momento. El peligro se había alejado. Las miradas se habían distraído. El camino estaba libre para volver a encontrarse.

Yuki salió aquella noche sin dudar. Caminó por los senderos altos, entre sombras conocidas, sintiendo que cada paso la acercaba a lo que más amaba. El corazón le latía con fuerza, pero no de miedo, sino de alegría contenida. Cuando llegó al claro entre los pinos, lo vio allí. De pie, esperándola igual que siempre. Y al verla llegar, su semblante serio se transformó por completo, y sus ojos brillaron con una luz que Yuki jamás olvidaría.

Corrió hacia él y se lanzó a sus brazos, y él la recibió y la apretó contra sí con tanta fuerza que apenas pudo respirar. Ninguno de los dos habló al principio. Solo se abrazaron, llorando en silencio, sabiendo que habían sobrevivido a la separación. Que el tiempo sin verse no había roto nada. Que su amor seguía intacto, más fuerte que cualquier distancia, más firme que cualquier miedo.

—Has venido —susurró él al fin, acariciándole el rostro con manos temblorosas—. Creí que el tiempo nos habría vencido. Que quizás… ya no vendrías.

—Siempre vendré —respondió Yuki mirándolo a los ojos—. Por más tiempo que pase. Por más lejos que estés. Siempre iré hacia ti.

Milori la miró largo rato, como si quisiera asegurarse de que estaba bien, de que no le habían hecho daño, de que seguía siendo su misma hija, aquella que llevaba en sí el sol y la escarcha. Y luego sonrió, una sonrisa suave y llena de alivio, que hizo que todo el dolor de la espera desapareciera de golpe.

—Entonces ven —le dijo tomándole la mano—. Cuéntame cada día que he estado sin verte. Que el tiempo perdido se recupere aquí, entre nosotros.

Y aquella noche, bajo la sombra de los pinos que los habían guardado siempre, padre e hija recuperaron el tiempo que la separación les había robado. Y entendieron que el amor verdadero no se rompe con la ausencia. Que solo se fortalece, esperando.

Y en aquel abrazo, recuperaron todo el tiempo perdido.




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