Cierto día, encontró algo hermoso creciendo donde nadie esperaba vida.
Una tarde, mientras descansaban sentados junto a un arroyo de aguas cristalinas, Yuki vio algo que llamó su atención. En medio de la nieve, justo donde el agua corría libre sin congelarse, crecía una pequeña flor. Sus pétalos eran blancos como la escarcha, pero en su interior brillaba un tono dorado, cálido y suave como la luz del sol. Crecía donde el frío era intenso y sin embargo no se marchitaba. No se rompía. Vivía.
—Mira, papá —dijo ella señalándola con asombro—. Es como yo. Vive en el frío y sin embargo lleva luz cálida dentro. No se rompe. No se destruye.
Milori la miró y luego miró a su hija, con una ternura infinita en los ojos.
—Esa flor es rara y hermosa —le dijo suavemente—. Solo crece donde el hielo y el agua se encuentran. Solo vive donde dos mundos se tocan. Es frágil a los ojos de quien no la conoce… pero es más fuerte que muchos árboles grandes. Porque ha aprendido a llevar ambas naturalezas sin dejar de ser ella misma. Igual que tú.
Yuki acarició los pétalos con cuidado. Sintió el frío en la superficie y el calor en el centro. Entendió entonces que no era un error ser así. Que no era algo que debía ocultarse ni avergonzarse. Que era hermosa precisamente porque era distinta. Porque llevaba en sí lo que nadie más podía llevar.
—Seré como ella —susurró ella—. Creceré donde me pongan. Llevaré luz y llevaré frío. Y no me romperé.
Milori la abrazó entonces, y supo que su hija había comprendido la lección más importante de todas. Que su fuerza no residía en ocultarse, sino en aceptarse. En saber que ser distinta era también un regalo. Un milagro que ambos mundos habían creado juntos, y que nadie tenía derecho a juzgar.
Y supo, al verla, que aquella flor era como ella.