Antes de partir, Yuki se despidió de aquella flor como de una hermana.
Antes de cruzar de regreso al prado, Yuki se detuvo junto a la pequeña flor dorada que habían plantado juntos. La miró con amor y le acarició suavemente los pétalos.
—Te dejo aquí —le susurró—. Como una parte de mí que se queda con él. Cuídalo por mí. Y cuando yo regrese… tú me esperarás florecida.
Milori estaba de pie junto a ella, observándola en silencio. Cuando Yuki se volvió hacia él, le dijo con voz suave y solemne:
—La cuidaré. Cada día la regaré. La protegeré del frío excesivo y del viento fuerte. Y cuando vuelvas… aquí estará, esperándote. Igual que yo.
Yuki lo miró con los ojos brillantes de lágrimas tiernas y sonrió.
—Entonces sé que siempre tendré un motivo para volver. Algo que me espera aquí.
Se abrazaron por última vez antes de la despedida. Y cuando Yuki cruzó la línea hacia el lado cálido, miró atrás una vez más. Vio a su padre de pie junto a la flor dorada, entre la nieve y los pinos, mirándola irse. Y supo que mientras aquella flor viviera y floreciera, su amor seguiría vivo también. Que aunque estuvieran en mundos distintos, algo los unía allí, en aquel rincón escondido, en aquel secreto hermoso que florecía contra todo pronóstico.
Caminó de regreso con el corazón tranquilo y firme. El peligro podía volver, sí. Las preguntas podían regresar. Pero ella ya no era la misma hada temerosa que antes. Era fuerte. Era ambas cosas. Y tenía un lugar al que volver. Una flor que la esperaba. Y un padre que jamás la olvidaría.
Y supo que mientras ella floreciera, su esperanza seguiría viva.