Sicrónico

Ya no somos nada

Ya no somos nada.
Ya no te veo al despertar, al borde de mi cama,
ya no sonríes al romper la mañana,
y el silencio reemplaza lo que un día fue hogar.
Fuimos… y ese verbo en pasado
me pesa más que mil despedidas.

Éramos un intento,
una historia que quizás el destino escribió a medias,
y no sé si fue culpa, azar o simple tiempo,
pero dejamos de ser, sin entender cuándo.

Quizás nunca fuimos para siempre.
Quizás lo inevitable nos salvó de una tormenta futura.
Pero duele igual.

Entro a mi cuarto y aún estás en las cosas,
en los rincones, en lo que dejaste,
como si el aire aún te supiera.
Mi espacio es testigo de lo que fuimos.
Y ya ni mi cama me pertenece,
porque cada objeto murmura tu nombre.
Ya no somos nada…

y el insomnio es más largo, más frío,
porque hasta la almohada conserva el hueco
de cuando dormías entre mis brazos,
y el perfume invisible de tu despedida
sigue flotando en la funda.

El ambiente grita tu ausencia,
y yo me hago el sordo, sabiendo
que lo que falta… eres tú.

Las mañanas ya no brillan,
porque el sol sin ti no tiene a quién despertar.
El café se volvió amargo,
no por falta de azúcar,
sino por no tener con quién compartirlo.

Ya no somos la risa que recorría la casa,
solo quedan ecos de un tiempo
donde el amor era ruido feliz,
y ahora solo hay silencio
y una melancolía que no sabía que existía.

Tu ausencia me empujó a un abismo
donde ni yo puedo salvarme.
Y mientras yo me pierdo en los recuerdos,
vos ya seguiste, ya floreciste,
ya olvidaste.

Y yo sigo acá,
cargando el peso de un nosotros
que para mí sigue siendo presente,
aunque para vos… ya no sea nada.

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