Sicrónico

Pensamientos

Por las noches, los pensamientos son balas.
No suenan, no avisan,
pero duelen como si lo hicieran.
Disparan justo cuando mi cuerpo
intenta descansar
y mi mente… no se lo permite.

La cama, que debería ser refugio,
se vuelve trinchera.
Y en lugar de aliviar,
me hundo.
Me hundo en ideas que regresan,
que giran,
que se repiten una y otra vez
como un eco cruel que no sé callar.

Mi corazón solo quiere paz,
pero mi mente insiste.
Insiste en recordarme todo,
en revolverlo todo,
en buscar respuestas que no existen
y sembrar preguntas nuevas
que tampoco sé cómo contestar.

¿Será esto ansiedad?
Esa cadena de pensamientos
que se muerde la cola,
ese ruido que no se apaga
ni siquiera con el cansancio.

Y yo,
yo solo quiero entenderme,
pero ni yo misma puedo.

Los monstruos que temía de niña,
los que vivían debajo de la cama,
ya no están ahí.
Ahora los llevo dentro,
ahora se sientan a mi lado,
me miran de frente,
me hablan bajito
y me obligan a pensar
cuando lo único que deseo
es descansar.

Y cuando se aburren de hablar,
cuando ya han logrado
que mi alma se retuerza,
se convierten en balas.
Me atraviesan el pecho,
la mente,
los sueños.

Y muero.
Una vez.
Dos.
Cincuenta veces en una sola noche.

Muero de tanto pensar,
de no entender,
de no parar.

Y al amanecer,
esos monstruos no se van.
Solo se camuflan.
Caminan conmigo,
sonrientes, invisibles para los demás.

Solo yo escucho sus pasos.
Solo yo escucho el sonido de esas balas.
¿O acaso alguien más también vive con ellos?
¿Alguien más los oye?
¿Alguien más los teme?

¿Y cuáles monstruos?

Los que nacen en mi cabeza.
Los que se llaman pensamientos.
Los que, en silencio para los demás ,
me quitan a mi la paz…

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