Sicrónico

Muerta en vida

Me estoy muriendo… en vida.
Me estoy muriendo…
pero mi cuerpo no se entera.
Late. Respira. Parpadea.
Como si todo siguiera en orden,
como si no llevara días
arrastrando un alma podrida
dentro de este templo que finge estar bien.
¿Cómo alguien con un corazón funcionando
puede sentirse tan… muerta?
¿Cómo puede una flor estar de pie
si ya no tiene savia ni raíz?
¿Por qué, si estoy viva,
todo en mí se siente muerto?
Estando viva… me siento muerta.
Y me pregunto si cuando llegue la muerte,
me sentiré al fin con vida.
Aquí estoy, buscando sentido
entre escombros de melancolías acumuladas.
Buscando aire
en medio de pensamientos
que solo saben estrangularme.
Y cuando llega la noche,
el insomnio se sienta a los pies de mi cama,
y me habla de todas las formas
en que podría desaparecer sin ruido.
Más pensamientos atroces,
más heridas que no sangran,
pero arden.
Los médicos dicen: Todo está bien.
Exámenes perfectos. Salud estable.
Pero ellos no escuchan los gritos en mi cabeza.
No ven cómo se pudre mi alma
mientras mi cuerpo sonríe por obligación.
Cada día es una cuenta regresiva,
no hacia la muerte,
sino hacia el olvido de quién era.
Sobrevivo.
Pero no vivo.
Solo soy un cuerpo que funciona
por rutina y costumbre.
A veces el sueño,
cuando llega,
se parece a la paz.
Es una muerte temporal,
silenciosa,
la única tregua real.
Y empiezo a pensar que tal vez
la muerte definitiva
sea la única forma
de descansar de verdad.
Soy un desastre silencioso
en un mundo que exige perfección.
Un cuadro abstracto en un mundo que solo entiende líneas rectas.
Colgado en una pared blanca
donde nadie entiende el caos,
donde todos prefieren mirar a otro lado.
El sol brilla.
Los niños ríen.
Las flores florecen.
Y yo…
yo me marchito sin que nadie lo note.
Me he convertido en eso:
una mariposa que se negó a seguir volando,
una rosa seca,
una voz apagada
que nadie echa de menos.
Y me pregunto:
¿cuándo dejará de fingir mi cuerpo también?
¿Cuándo mi alma arrastrará con ella
el resto de mí hacia el final?
Quizá allá —en ese otro lado—
no haya tanto que doler,
ni tanto que fingir.
Quizá la muerte
me dé la paz que esta vida me ha negado.
Tal vez allá no haya tanto,
pero tampoco faltará tanto.
Tal vez el silencio eterno
sea más amable
que esta existencia ruidosa,
donde grito sin voz
y sonrío sin motivo.
Porque tenerlo todo
y sentir que no tienes nada
es una de las formas más crueles de morir.
Y yo…
llevo demasiado tiempo muriendo
sin que nadie lo vea.

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