Y aquí me encuentro, con la oscuridad de una fría habitación, mientras la pantalla del celular se ilumina.
La observo sin parar mientras me pongo a pensar:
¿Qué cambió? ¿Cómo llegamos a esto? ¿Fue culpa tuya o mía?
Y aunque en el fondo ya tengo las respuestas, mi corazón se ablanda y las ignora.
Me encuentro preguntando algo que, en realidad, ya sé.
Pasan las horas, mi mirada se dilata, el sueño quizás me alcanza... pero mis ojos siguen fijos en tu foto.
Esa sonrisa que le das a todos, menos a mí.
Ese abrazo a alguien más, de esos que nunca supieron reconfortarme.
Observo hasta lo más mínimo:
Esa nariz que dices que heredé de ti, esos labios finos.
Pero no encuentro parecido. Decías eso para no perder ante quien sí te ganó... en heredar todo lo físico.
Analizo tus facciones, esas que de niña miraba con amor, con ternura.
Con abrazos que te daba y no eran bien recibidos.
Con regalos de una mente inocente, como dibujos mal pintados que acababan en la basura.
Pero aún así, mi mente se esforzaba por quererte.
Solo porque me diste la vida.
¿Acaso mereces mi amor cuando me has causado más dolor?
De niña pensaba que sí.
Ahora, no lo sé. Me siento confundida entre ignorar todo lo malo que tienes y
todo lo horrible que proyectas en mí solo por ser la que me trajo al mundo.
O dejarte ir y aceptar que tú no serviste para mí, ni yo para ti.
Quizás con otros sí, pero no entre tú y yo.
No sé si soy narcisista. Me alejo un tiempo y regreso.
O tal vez no quiero alejarme del todo, porque en el fondo aún espero que cambies.
Aunque sé que no lo harás.
Para ti, mis silencios solo son rebeldías.
Y sé que me haces daño.
Eres como la nicotina, una droga que no puedo dejar,
que me mata lentamente de tristeza.
Tus palabras cambian mis sonrisas.
Esas que eran para ti, se transforman en muecas…
Y luego, en una sola cara seria.
Quizás no fue todo tu culpa,
pero cuando busqué tu hombro para llorar,
tu apoyo para descansar,
encontré tus quejas.
Tus problemas eran siempre más grandes.
Tus “te quiero” carecían de cariño.
Tus “te entiendo” se convertían en “ya pasará, yo he pasado por peores”.
Todo lo demás importaba más que yo.
Yo era solo lo que quedaba.
Y sigo viendo aquella foto.
Todo lo que ha cambiado.
Todo lo que me has dañado.
Las mentiras. Las promesas a medias. Las discusiones...
Y me pregunto:
¿Está mal querer vivir sin ti?
Aunque hace años ya no lo hacemos juntas realmente.
¿Está mal querer alejarme de todos para buscar mi felicidad?
Dicen que la familia es lo mejor.
Que es quien siempre está ahí para ti.
Pero no todos tienen el alma para formar una familia así.
Ante tus ojos, siempre seré yo la del problema.
Y tú, la perfecta que no tiene por qué cambiar.
Pero todos debemos cambiar.
Tú también.
No está mal que quiera alejarme.
Solo intento proteger mi corazón,
que ya no tiene más hilo ni lágrimas para curar lo herido.
Porque en cada llamada, un adiós.
Y ese cierre se convertía en un hola a las lágrimas.
De impotencia, ira, tristeza… una mezcla que solo tú causas.
Y muy pocas veces, son emociones buenas.
Siento que solo llevas el título.
El derecho lo perdiste hace tiempo.
Si te veo algún día, mi mente dudará,
¿quién es ella?, mi alma preguntará.
Porque aunque tengas el mismo rostro,
el mismo cuerpo de la persona que quise con todo mi ser…
Ahora hay una brecha.
Ya no te reconozco.
No por dentro , pero sí por fuera .
ese rostro aún me altera.
Pero ya no hay sentimiento ni conexión,
solo distancia, duda y desilusión
Entendí que lo nuestro no tiene por qué funcionar.
Y no te sientas mal: no solo eres tú.
Pero mientras tú ves los defectos y daños que otros causan en mí,
nunca ves todo el dolor que tú también dejas.
Todos deben cambiar.
Tú también.
Y mientras tanto, yo no estaré esperando por quien ya esperé tantos años.
No más migajas.
Las que de niña creí que eran banquetes,
hoy sé que solo eran sobras.
Qué bueno que supiste ser buena con los demás.
Conmigo fallaste.
Y Y lo peor no fue el daño, ni la herida,
sino que tus promesas perdieron su vida.
Tus palabras de cambio, ya no pesan igual,
porque tú misma hiciste que no valgan nada... jamás.
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