Digo que no me gusta celebrar mi cumpleaños,
pero es otra mentira.
Una mentira más entre tantas que uso
para no mostrar lo que realmente siento.
Te engaño, no porque quiera,
sino porque decir la verdad me duele.
Oculto mis anhelos bajo palabras vacías
porque prefiero herirme en silencio
que ser herido por la realidad otra vez.
Te digo que no me gustan los cumpleaños.
Te digo que no quiero un pastel decorado.
Pero en mis sueños más profundos,
anhelo una torta de muchos pisos,
con múltiples sabores y colores vivos.
Sueño con una mesa adornada,
con risas, con velas encendidas,
con canciones desafinadas cantadas con amor.
Pero eso solo ocurre en mis sueños,
porque en mi realidad… eso no llega.
Y cuando mis labios pronuncian
que no quiero nada,
que odio esta fecha,
mi alma se marchita un poco más,
como una flor que se rinde
ante el peso del olvido.
Porque no es verdad que no me guste.
Es solo que los años me enseñaron
que esa fecha, la mía,
no es especial para nadie más.
Que si me ilusiono, me destruyo.
Porque cada vez que esperé algo distinto,
alguien se encargó de arruinarlo y destruirlo.
A veces quiero creer que algún día
uno de mis cumpleaños será diferente.
Pero esa esperanza ya es tenue,
como una vela que se apaga sola
antes de pedir un deseo.
Y mientras tanto,
le miento a los demás,
y también a mi mente.
Le digo que no quiero
un cumpleaños perfecto.
Que no deseo una torta,
ni personas alrededor cantándome.
Que no me hace falta ver sonrisas sinceras,
ni soplar una vela con esperanza.
Porque ni siquiera tengo eso:
una vela.
Un pastel.
Una razón.
Entonces, espero…
Espero demasiado.
Y esa espera me consume,
porque en el fondo sé que no sucederá.
No, no odio mi cumpleaños,
aunque te diga que sí.
Solo aprendí que no significa nada para los demás,
ni siquiera en esa fecha.
Y al esperar tanto por tantos años
sin recibir nada,
preferí renunciar a la ilusión
y repetir una frase vacía:
“No me interesa esa fecha. No me importa mi cumpleaños.”
Y si me vuelves a preguntar,
te lo diré otra vez,
con una sonrisa tranquila,
como si habláramos de cualquier cosa:
que no quiero nada.
Que no espero nada.
Que no deseo nada.
Que no me gusta nada.
Pero por dentro,
una sonrisa amarga se forma,
y una lágrima cae hasta mis labios,
salada como lo es ese día para mí.
Así que no,
no me gusta mi cumpleaños,
aunque en el fondo,
sí lo desee con todo mi ser.
Pero viví tantas cosas malas ese día
que no me quedan recuerdos bonitos,
y ya no creo que los haya en el futuro.
Porque si nunca hubo nadie que quisiera estar conmigo en ese día,
¿por qué habría de haberlo ahora?
Y así, dejo de soñar,
me anclo al presente,
acepto mi verdad:
Mi cumpleaños no es importante.
Ni para otros…
ni siquiera para mí.
Y tengo que mentirme,
una y otra vez,
para que mi corazón no se rompa
como lo ha hecho tantas veces antes.
Aunque en el fondo,
desearía todo lo que digo que no quiero...
ﮩ٨ـﮩﮩ٨ـﮩ٨ـﮩﮩ٨ـﮩ٨ـﮩﮩ٨ـﮩ٨ـﮩﮩ٨ـ🧠🫀ﮩ٨ـﮩﮩ٨ـﮩ٨ـﮩﮩ٨ـﮩ٨ـﮩﮩ٨ـﮩ٨ـﮩﮩ٨