Siempre encontramos el camino de vuelta

Capitulo Dos

²

El aire de la calle estaba helado.

Lo agradecí.

Necesitaba que algo me enfriara la cabeza.

Porque por dentro todo era un desastre.

Saqué el celular.

Las manos me temblaban tanto que marqué mal dos veces la aplicación para pedir un taxi.

Respirá.

No hiciste nada.

No pasó nada.

Solo quiso hablar con otra mujer.

Solo eso.

Mi cabeza se rio de mí.

"Solo eso."

Perfecto.

Qué fácil era minimizar las cosas cuando le pasaban a uno.

—¡Ali!

Escuché la puerta del restaurante abrirse.

No me di vuelta.

No porque no quisiera.

Porque sabía que, si lo hacía, iba a aflojar demasiado rápido.

Y esta vez necesitaba sostenerme.

Sus pasos se acercaron.

No corrió.

Nunca corría.

Pero caminó lo suficientemente rápido como para alcanzarme antes de que llegara el taxi.

Se quedó a mi lado.

No delante de mí.

No bloqueándome el paso.

Solo al lado.

Como si entendiera que invadir mi espacio sería empeorar las cosas.

—Dejame explicarte.

Seguí mirando la avenida.

—No hace falta.

Silencio.

Escuché cómo soltaba el aire lentamente.

Siempre hacía eso cuando buscaba las palabras correctas.

—Sí hace falta.

No respondí.

Una parte de mí quería escucharlo.

La otra estaba demasiado ocupada imaginando respuestas horribles.

Y cuando una imaginación trabaja horas extras...

la realidad casi nunca tiene oportunidad.

Un taxi dobló la esquina.

Levanté la mano.

Dylan también lo vio.

Por primera vez desde que lo conocía...

pareció ponerse nervioso.

No levantó la voz.

No me sujetó.

No hizo ninguna escena.

Solo dio un paso hacia mí.

Muy pequeño.

Como quien intenta acercarse a un animal asustado.

—Ali.

Esperé.

—La mujer que viste...

hace meses que intento conocerla.

Fruncí apenas el ceño.

Seguía sin mirarlo.

—Es cazatalentos.

No dije nada.

—Podría cambiar completamente mi carrera.

Cerré los ojos un instante.

Entonces era eso.

Una oportunidad.

No una mujer.

Y, sin embargo...

seguía doliendo exactamente igual.

Porque el problema nunca había sido ella.

El problema era otro.

Giré despacio para mirarlo.

—¿Sabés qué fue lo peor?

Él negó con la cabeza.

—Que dejaste de mirarme.

Las palabras quedaron suspendidas entre los dos.

No intentó defenderse.

No dijo que exageraba.

No dijo que estaba loca.

Simplemente bajó la vista.

Y ese gesto me dolió todavía más.

Porque entendí que acababa de darse cuenta.

De verdad.

—Perdón.

Fue apenas un susurro.

No uno de esos perdones que buscan terminar una discusión.

Uno sincero.

De esos que llegan tarde.

Demasiado tarde.

El taxi frenó frente a nosotros.

El chofer bajó apenas el vidrio.

—¿Señorita?

Miré el auto.

Después miré a Dylan.

Seguía ahí.

Quieto.

Esperando.

Como si supiera que ya no tenía derecho a pedirme nada.

Abrí la puerta.

Subí.

No cerré enseguida.

Lo miré una última vez.

Seguía exactamente donde lo había dejado.

Con las manos en los bolsillos.

Sin intentar detenerme.

Sin obligarme a quedarme.

Solo mirándome.

No con enojo.

Con miedo.

Y por primera vez desde que nos conocíamos...

me pregunté si también era posible romperle el corazón a alguien que parecía tan fuerte.

Cerré la puerta.

El auto arrancó.

Miré por la ventana.

Él no se movió.

Se quedó ahí.

Cada vez más pequeño.

Hasta desaparecer entre las luces de la avenida.

Apoyé la cabeza contra el vidrio.

Qué ironía.

Cinco minutos antes estaba convencida de que conocía perfectamente al hombre que amaba.

Ahora ya no estaba segura de conocer ni mis propios pensamientos.




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