Siempre encontramos el camino de vuelta

Capítulo Tres

³

Dormí mal.

O, mejor dicho...

no dormí.

Di vueltas durante horas.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver la misma escena.

"Necesito hablar con ella."

Qué increíble.

Cinco palabras.

Cinco.

Y habían sido suficientes para arruinar una noche que había empezado tan bien.

Cuando amaneció seguía despierta.

La luz entraba por la ventana de la habitación.

La valija seguía abierta sobre la cama.

No había sacado nada.

Tampoco me había ido.

Porque, siendo completamente honesta...

ni siquiera sabía adónde pensaba ir.

Suspiré.

Qué dramática sos, Alison.

Me reí sola.

Muy poco.

Lo suficiente para darme cuenta de que seguía enojada.

Con él.

Conmigo.

Con los dos.

El celular vibró.

Un mensaje.

Dylan.

No lo abrí enseguida.

Lo miré durante casi un minuto.

Como si las palabras fueran a cambiar dependiendo del tiempo que tardara en leerlas.

Al final abrí la conversación.

"Buen día."

Nada más.

Ni una explicación.

Ni veinte párrafos.

Ni un "por favor respondeme".

Solo...

"Buen día."

Fruncí el ceño.

¿Qué clase de persona manda un "buen día" después de casi destruir una relación?

Otro mensaje.

"Te dejé café en la cocina."

Parpadeé.

¿Cómo que me dejó café?

Salí de la habitación.

La casa estaba en silencio.

Demasiado.

Sobre la mesa había una taza.

Todavía salía vapor.

Al lado, una nota escrita con su letra.

"No quise despertarte."

Eso era todo.

Miré alrededor.

No estaba.

Escuché el motor del auto arrancar afuera.

Corrí hasta la ventana.

Lo vi salir despacio.

Ni siquiera miró hacia la casa.

Simplemente se fue.

Me quedé quieta.

Con la taza caliente entre las manos.

Y entonces entendí algo que me descolocó por completo.

Dylan no estaba intentando convencerme de que lo perdonara.

Estaba respetando que necesitaba espacio.

Y, curiosamente...

eso hacía todavía más difícil seguir enojada.

Apoyé la frente contra la ventana.

—Sos un problema...

murmuré.

Porque habría sido muchísimo más fácil odiarlo si hubiera reaccionado como un idiota.

Pero no.

Seguía siendo él.

El mismo hombre paciente que siempre encontraba maneras extrañas de decir las cosas sin decirlas.

Miré otra vez la nota.

Sonreí sin querer.

Y me enojé conmigo misma por haber sonreído.

Qué insoportable era estar enamorada.

Sobre todo cuando todavía no querías admitirlo.

Tomé un sorbo del café.

Todavía estaba caliente.

Como si hubiera calculado exactamente cuánto tardaría en salir de la habitación.

Lo conocía demasiado.

Y, al mismo tiempo...

sentía que recién estaba empezando a conocerlo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.