Siempre encontramos el camino de vuelta

Capitulo Cuatro ♡

El café seguía caliente.

No entendía cómo hacía.

Siempre calculaba esas cosas.

Como si conociera mis tiempos mejor que yo.

Me senté sola en la cocina.

La casa estaba demasiado silenciosa.

Nunca me había gustado el silencio.

Porque el silencio deja espacio para pensar.

Y pensar demasiado nunca había sido una buena idea.

Di un sorbo.

Hice una mueca.

Seguía demasiado caliente.

—Obviamente...

murmuré.

—Hasta el café tiene paciencia.

Sonreí apenas.

Después dejé la taza sobre la mesa.

El celular vibró.

Pensé que sería él.

No era él.

Era mi mamá.

"¿Cómo están?"

Escribí.

"Bien."

Mentira.

Borré el mensaje.

Volví a escribir.

"Después te llamo."

Mandar una mentira cuando alguien te conoce desde que naciste siempre me pareció inútil.

Ella respondió enseguida.

"¿Qué pasó?"

Suspiré.

"Nada grave."

Otra mentira.

Apoyé el celular boca abajo.

No quería hablar con nadie.

Ni siquiera conmigo.

El reloj marcó las siete de la tarde cuando escuché la puerta abrirse.

No salí.

Seguí sentada en el sillón con un libro abierto que llevaba media hora en la misma página.

Escuché sus pasos.

Lentos.

Sin apuro.

Después el ruido de las llaves sobre el mueble de la entrada.

El saco apoyándose sobre el respaldo de una silla.

Y finalmente...

silencio.

Sabía que estaba ahí.

Él también sabía que yo sabía.

Pero ninguno decía nada.

Hasta que apareció en el marco de la puerta.

Nos miramos unos segundos.

Tenía el pelo un poco desordenado.

La corbata floja.

La expresión cansada.

Y esos mismos ojos tranquilos de siempre.

—Hola.

Asentí apenas.

—Hola.

Otra vez el silencio.

Qué difíciles podían ser dos personas que, hasta el día anterior, hablaban de cualquier pavada durante horas.

Él fue hasta la cocina.

Abrió la heladera.

Sacó una botella de agua.

La volvió a guardar sin tomar.

Claramente tampoco sabía qué hacer.

Eso me dio un poco de ternura.

Y un poco de bronca.

Porque seguía siendo imposible enojarme del todo con él.

Respiré hondo.

—¿Podemos hablar?

Levantó la vista enseguida.

—Siempre.

No sé por qué esa palabra me aflojó algo por dentro.

Siempre.

No "sí".

Siempre.

Me acerqué despacio.

Nos quedó apenas un metro de distancia.

Lo suficiente para sentir que, si estiraba la mano, podía tocarlo.

Y lo suficiente para no hacerlo.

—Ayer...

No encontraba cómo seguir.

Él esperó.

Como hacía siempre.

Nunca me completaba las frases.

Nunca me apuraba.

Esperaba.

Y eso, a veces, era desesperante.

—Ayer no me enojé porque quisieras hablar con esa mujer.

Frunció apenas el ceño.

—Me enojé porque dejé de sentir que estabas conmigo.

Sus ojos bajaron al piso.

No respondió.

—Y eso me dio miedo.

Las últimas palabras salieron mucho más bajitas.

Casi avergonzadas.

Porque admitir que algo te da miedo siempre deja una parte de vos completamente expuesta.

Él respiró profundo.

Después volvió a mirarme.

—¿Sabés qué pensé yo?

Negué con la cabeza.

—Que iba a tardar dos minutos.

Sonrió sin ganas.

—Jamás imaginé que esos dos minutos podían hacerte sentir tan sola.

No había excusas en su voz.

Solo comprensión.

Y eso dolía menos.

Muchísimo menos.

Bajé la mirada.

—Yo tampoco te dejé explicarte.

—No.

Hizo una pausa.

—Pero entiendo por qué.

Volví a levantar la vista.

Seguía mirándome igual que siempre.

Sin reproches.

Sin enojo.

Con esa calma que, honestamente...

a veces me desesperaba.

Y otras veces...

me salvaba.

Sentí un nudo en la garganta.

—Perdón.

Él sonrió apenas.

Muy poquito.

—Vení.

No dio un paso.

No abrió los brazos.

Solo dijo esa palabra.

Como si supiera que la decisión tenía que ser mía.

Y esta vez...

fui yo.

Apoyé despacio la frente contra su pecho.

Sentí el latido de su corazón.

Fuerte.

Constante.

Como si nunca hubiera dudado de que yo iba a volver.

Entonces sus brazos rodearon mi cintura.

Con cuidado.

Como si todavía temiera romper algo.

Yo levanté una mano.

Casi sin pensar.

Mis dedos se perdieron entre el cabello de su nuca.

Lo acaricié despacio.

Él cerró los ojos.

Sentí cómo soltaba el aire lentamente.

Como si hubiera estado conteniendo la respiración desde la noche anterior.

—Gracias...

susurré.

Él abrió apenas los ojos.

—¿Por qué?

Sonreí contra su pecho.

—Porque nunca intentás ganarme una discusión.

Siempre intentás entenderme.

No respondió.

No hacía falta.

Sentí cómo apoyaba apenas la mejilla sobre mi cabeza.

Y, por primera vez desde el restaurante...

los dos dejamos de pensar.

Solo nos quedamos ahí.

Abrazados.

Entendiendo que confiar no era dejar de equivocarse.

Era encontrar siempre el camino de regreso.




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