Siempre encontramos el camino de vuelta

Capítulo Seis ♡

Había una regla no escrita en nuestra relación.

Nunca íbamos al supermercado con hambre.

La primera vez que rompimos esa regla terminamos comprando cosas completamente absurdas.

Un inflable con forma de flamenco.

Tres paquetes de gomitas.

Un exprimidor de naranjas que jamás usamos.

Y un reloj de pared que ninguno de los dos recordaba haber elegido.

Desde entonces, cada vez que alguno decía:

—Vamos rápido al súper.

El otro preguntaba automáticamente:

—¿Ya comiste?

Aquella tarde, evidentemente, ninguno había aprendido nada.

—Solo necesitamos leche.

Asentí.

—Y pan.

—Nada más.

—Nada más.

Quince minutos después...

Dylan empujaba un carrito lleno hasta la mitad.

Lo miré.

Después miré el carrito.

Después lo miré otra vez.

—¿Me explicas para qué necesitamos una máquina para hacer pochoclos?

Él observó la caja como si la viera por primera vez.

—No lo sé.

—La pusiste vos.

—Puede ser.

—Dylan.

—¿Sí?

—Tenemos microondas.

Se quedó pensando.

—Es verdad.

La devolvió al estante con total naturalidad.

Como si aquello hubiera tenido muchísimo sentido hacía apenas diez segundos.

Seguí caminando.

No habían pasado ni dos metros cuando me detuve frente a unas plantas.

Pequeñas.

Todas distintas.

Había una suculenta diminuta escondida entre las demás.

La levanté con cuidado.

Era tan chiquita que entraba completa en la palma de mi mano.

—Mira esta.

Él se acercó.

No dijo nada.

Solo me observó.

Después miró la planta.

Y volvió a mirarme.

—¿Qué?

Sonrió apenas.

—Nada.

—¿Qué?

Negó con la cabeza.

—Siempre haces eso.

Fruncí el ceño.

—¿Qué cosa?

—Encontrás la más chiquita.

Bajé la vista hacia la maceta.

Era cierto.

Sin darme cuenta, siempre elegía la más pequeña.

La que parecía necesitar un poco más de cuidado.

Nunca lo había pensado.

—No es a propósito.

—Ya sé.

Seguimos caminando.

Pero él volvió sobre sus pasos.

Tomó la maceta.

La puso dentro del carrito.

—¿Qué haces?

—Nos la llevamos.

Lo miré sorprendida.

—¿Por qué?

Me sostuvo la mirada con esa tranquilidad que tenía para decir las cosas importantes.

—Porque ya sé cómo termina esto.

—¿Qué cosa?

—Si la dejas acá...

vas a pensar en esa planta toda la noche.

Abrí la boca para discutirle.

La cerré otra vez.

Maldito.

Tenía razón.

Solté un suspiro exagerado.

—No me gusta cuando me conoces tanto.

Él tomó una bolsa de pan del estante.

—A mí sí.

Seguimos caminando.

Yo unos pasos delante.

Él empujando el carrito.

Y, por primera vez, entendí algo que jamás me había detenido a pensar.

Siempre hablábamos de cuánto conocía yo a Dylan.

Sabía cuándo estaba cansado.

Cuándo tenía hambre.

Cuándo algo le preocupaba aunque no lo dijera.

Pero esa tarde descubrí otra cosa.

Él también me conocía de memoria.

Solo que nunca había sentido la necesidad de demostrarlo.

Simplemente...

prestaba atención.

Y creo que esa fue la primera vez que entendí que amar a alguien no siempre consiste en hacer grandes cosas.

A veces consiste en recordar qué planta iba a extrañar la persona que camina a tu lado. Y meterla en el carrito antes de que tenga que pedirla.




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