Siempre encontramos el camino de vuelta

Capitulo Ocho ⁠♡

Hay preguntas que parecen completamente inofensivas.

Hasta que alguien te las hace.

Aquella tarde fui sola al supermercado.

Dylan seguía trabajando.

Yo solo necesitaba comprar café.

Nada más.

Lo juro.

Entré.

Agarré el paquete.

Y, como siempre, terminé dando vueltas por todos los pasillos.

No porque necesitara algo.

Porque me distraía mirando cosas.

Cuando llegué a la caja, la señora que atendía empezó a pasar los productos.

Café.

Pan.

Galletitas.

Queso.

Yogur.

Frutas.

Fruncí el ceño.

¿Cuándo había agarrado todo eso?

La mujer sonrió mientras acomodaba las bolsas.

—¿Bolsa grande o dos chicas?

—Una grande está bien.

Asintió.

Después levantó una caja de cereal.

—¿Chocolate o miel?

Parpadeé.

—¿Perdón?

—¿Cuál llevas?

Miré la caja.

Chocolate.

Hice una mueca.

—Ah...

No...

Él prefiere el de miel.

La mujer simplemente cambió la caja.

Siguió cobrando.

Yo me quedé completamente quieta.

Él.

No yo.

Él.

Ni siquiera había pensado.

Había salido automático.

Seguí observando cómo pasaban los productos.

Entonces empecé a notarlo.

Había comprado el café que le gustaba a Dylan.

Las galletitas que compartíamos cuando mirábamos películas.

La mermelada que yo nunca comía.

El queso que él decía que combinaba mejor con el pan.

Respiré despacio.

¿Cuándo había empezado a pensar así?

Salí del supermercado todavía dándole vueltas a esa idea.

La bolsa pesaba bastante.

Pero la cabeza...

pesaba más.

Cuando llegué a casa, Dylan ya estaba ahí.

Tenía las mangas de la camisa arremangadas y estaba cocinando.

Me apoyé en el marco de la cocina sin decir nada.

Él levantó la vista.

Sonrió.

—Hola.

—Hola.

Volvió a revolver la olla.

—¿Qué compraste?

Dejé las bolsas sobre la mesada.

Las empezó a guardar.

Sacó el cereal.

Lo miró.

Después me miró a mí.

—¿Compraste el de miel?

Asentí.

—Sí.

Sonrió un poquito.

—Gracias.

No era un agradecimiento enorme.

Ni exagerado.

Solo...

natural.

Como si para él fuera completamente normal que yo recordara esas cosas.

Y, de golpe, sentí unas ganas inmensas de abrazarlo.

Porque entendí algo.

Yo siempre había tenido miedo de perderme dentro de una relación.

De dejar de ser yo.

De vivir para otra persona.

Pero aquello no se sentía así.

No había dejado de ser Alison.

Simplemente...

había hecho espacio para alguien más.

Y eso era muy distinto.

Él siguió guardando las compras.

Yo seguía observándolo.

Hasta que dejó una lata sobre la mesada.

Se giró.

Me encontró mirándolo fijo.

—¿Qué?

Negué con la cabeza.

—Nada.

—Estás pensando.

—Muchísimo.

Se acercó despacio.

—¿Querés contarme?

Lo pensé unos segundos.

Después sonreí.

—Hoy una señora del supermercado me hizo dar cuenta de algo.

Esperó.

—Hace un tiempo compraba solo pensando en mí.

Ahora...

sin darme cuenta...

compro pensando en vos también.

No respondió enseguida.

Simplemente me miró.

Con esa forma suya de escuchar que siempre hacía sentir que cada palabra importaba.

Después levantó una mano.

Acomodó un mechón de pelo detrás de mi oreja.

Muy despacio.

—Yo empecé a hacerlo hace bastante.

Lo miré sorprendida.

Él sonrió.

—Solo estaba esperando que vos te dieras cuenta.

Sentí que el corazón me hacía una cosa rara.

De esas que todavía no sabía explicar.

Me acerqué un paso más.

Después otro.

Apoyé la cabeza en su pecho.

Él dejó un beso suave sobre mi cabello.

No hablamos más.

Porque algunas conversaciones...

terminan mucho antes de que se acaben las palabras.

Y mientras escuchaba el latido tranquilo de su corazón, pensé algo que jamás me habría imaginado años atrás.

Quizás amar no era dejar de ser libre.

Quizás amar era descubrir que alguien podía caminar a tu lado...

sin quitarte nunca las ganas de seguir siendo vos.




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