Siempre encontramos el camino de vuelta

Capitulo Doce ♡

¹²

Dos días después llamé a Tayler.

—¿Café?

—Siempre.

Aceptó sin preguntar demasiado.

Nos encontramos en el mismo lugar de la última vez.

Esta vez llegué diez minutos antes.

No porque hubiera cambiado de golpe.

Sino porque sentía que debía hacerlo.

Él apareció con esa misma sonrisa despreocupada de siempre.

—Mira vos.

La impuntual llegó temprano.

—No te acostumbres.

Nos sentamos.

Durante unos minutos hablamos de cualquier cosa.

Del clima.

Del trabajo.

De un perro enorme que acababa de entrar con su dueño.

Hasta que el silencio apareció solo.

Tayler apoyó el pocillo.

Me observó unos segundos.

—¿Qué pasó?

Fruncí el ceño.

—¿Por qué pensás que pasó algo?

Se encogió de hombros.

—Porque hace veinte minutos que estás acá...

y todavía no te reíste.

Bajé la mirada.

Él tenía razón.

Suspiré.

—Discutimos.

No preguntó con quién.

Ya lo sabía.

—¿Con Dylan?

Asentí.

Esperó.

Siempre dejaba que la otra persona eligiera cuándo empezar a hablar.

Y eso me hizo más fácil hacerlo.

Le conté todo.

No escondí nada.

Le hablé de las salidas.

De los mensajes.

De la película.

Del sábado.

De la conversación en la cocina.

Y de la frase que todavía me seguía retumbando en la cabeza.

"Extraño ser el lugar al que volvías."

Cuando terminé...

Tayler no habló enseguida.

Se quedó mirando el café.

Después soltó una risa bajita.

Lo miré ofendida.

—¿Te da gracia?

—No.

Me da gracia otra cosa.

—¿Qué?

Negó con la cabeza.

—Que seguís siendo exactamente igual que cuando tenías quince.

—¿Eso qué significa?

Sonrió.

—Que cuando querés mucho a alguien...

te olvidás de mirar alrededor.

Parpadeé.

No entendí.

Él continuó.

—Conmigo hacías lo mismo.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo que con vos?

—Te acordás cuando pasábamos horas jugando a las cartas con los chicos del barrio.

Asentí.

—Cada vez que te concentrabas en ganar...

no escuchabas absolutamente a nadie.

Te llamaban tres veces.

Cinco.

Diez.

Y recién reaccionabas cuando alguien te tocaba el hombro.

Solté una risa involuntaria.

Era verdad.

—Siempre fuiste así.

Cuando algo ocupa toda tu cabeza...

el resto desaparece.

Me quedé pensando.

Nunca lo había visto de esa manera.

Tayler tomó un sorbo de café.

Después apoyó la taza con cuidado.

—Pero hay algo que quiero decirte.

Lo miré.

Su expresión había cambiado.

Ya no estaba bromeando.

—Yo no volví para meterme entre ustedes.

Sentí un nudo en la garganta.

—Nunca pensé eso.

—Capaz vos no.

Pero yo sí.

Hice silencio.

—Hace dos semanas que cada vez que nos vemos...

terminás hablando de Dylan.

A veces para contar algo lindo.

A veces con culpa.

A veces porque lo extrañás.

Y yo pienso exactamente lo mismo.

Fruncí el ceño.

—¿Qué pensás?

Sonrió apenas.

—Que deberías estar con él.

No conmigo.

Sentí que el pecho se me apretaba.

—Tay...

Él levantó una mano.

—Escuchame.

No me fui del otro lado del mundo para volver convertido en el tercero de una historia de amor.

Me reí entre lágrimas.

Él también.

—No tengo ganas de competir con un tipo que claramente está enamorado hasta las orejas de vos.

—No exageres.

—¿No?

Apoyó los codos sobre la mesa.

—Ali...

ese hombre te mira como si hubiera encontrado su casa.

Y vos todavía no te das cuenta.

Las lágrimas volvieron sin permiso.

—No llores.

Me conocés.

Sabés que me hace sentir incómodo.

Solté una carcajada.

—Idiot...

—Gracias.

—Ni siquiera te insulté.

—Pero estabas por hacerlo.

Negué con la cabeza riéndome.

Seguía siendo el mismo.

El mismo amigo de siempre.

Entonces entendí algo que hasta ese momento no había podido poner en palabras.

Nunca había estado enamorada de Tayler.

Lo que había extrañado...

era la parte de mí que existía cuando estaba con él.

La adolescente despreocupada.

La que todavía no tenía responsabilidades.

La que podía pasar una tarde entera riéndose de cualquier pavada.

Y confundí esa nostalgia...

con otra cosa.

Respiré hondo.

—Gracias.

Él terminó el café.

—¿Por qué?

Sonreí.

—Porque acabás de devolverme a mi casa.

Tayler dejó un billete sobre la mesa y se puso de pie.

—No.

La casa ya la tenías.

Solo te estabas demorando en volver.

Lo vi alejarse por la vereda.

Las manos en los bolsillos.

Silbando una canción que nunca supe cuál era.

Y pensé que algunas personas llegan a tu vida para quedarse.

Otras...

simplemente vuelven el tiempo suficiente para recordarte quién eras.

Después siguen su camino.

Y está bien que así sea.




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