Siempre encontramos el camino de vuelta

Capitulo Quince ♡

¹⁵

Nunca fui buena para las despedidas.

Ni siquiera para las pequeñas.

Porque siempre tuve una extraña habilidad para transformar una pausa en una distancia enorme.

Dylan lo sabía.

Quizás por eso esa noche no intentó detenerme.

Y eso fue lo que más me dolió.

La discusión no empezó con gritos.

Empezó con una frase.

Una de esas frases que salen sin pensar y después uno daría cualquier cosa por recuperar.

Estábamos en la cocina.

Una noche cualquiera.

Él apoyado contra la mesada.

Yo sentada frente a él.

Hablábamos de nosotros.

O intentábamos hacerlo.

—A veces siento que no sé qué lugar tengo en tu vida.

Lo miré confundida.

—¿Qué significa eso?

Dylan bajó la mirada.

—Que hay días donde siento que soy tu persona favorita.

Hizo una pausa.

—Y otros donde siento que soy alguien que simplemente está cerca.

La frase me molestó.

No porque fuera cruel.

Sino porque tocaba un lugar incómodo.

Uno que no quería mirar.

—Eso no es verdad.

—¿No?

Su tono no fue acusador.

Fue cansado.

Y eso fue peor.

—No.

Me levanté.

—Dylan, vos sabés cómo soy.

Él asintió lentamente.

—Sí.

Y ahí cometí el error.

Porque pensé que conocerme significaba aceptar todo de mí.

—Entonces sabés que necesito mi espacio.

—Sí.

—Y sabés que no puedo vivir pensando todo el tiempo en una relación.

—Sí.

Silencio.

—Entonces no entiendo cuál es el problema.

Dylan me miró.

Y por primera vez en mucho tiempo no vi paciencia.

Vi tristeza.

—El problema es que a veces confundís tener espacio con dejarme afuera.

No respondí.

Porque una parte de mí sabía que tenía razón.

Pero otra parte quería defenderse.

Siempre quería defenderse.

—Quizás simplemente soy así.

Él respiró hondo.

—No creo eso.

—¿Ah, no?

Negó.

—Creo que tenés miedo.

Esa palabra me hizo cerrar la expresión.

Porque odiaba cuando alguien acertaba.

—No me analices.

—No te estoy analizando, Ali.

Estoy intentando entenderte.

—Bueno, capaz no hay nada que entender.

El silencio que siguió fue horrible.

Porque ambos sabíamos que esa frase no era verdad.

Esa noche dormimos separados.

No porque hubiéramos terminado.

Sino porque ninguno sabía cómo acercarse sin lastimar al otro.

Y a veces dos personas que se aman pueden estar en habitaciones diferentes...

aunque estén bajo el mismo techo.

Los días siguientes fueron raros.

No hubo grandes peleas.

No hubo insultos.

Eso habría sido más fácil.

Solo había distancia.

Una distancia silenciosa.

Dylan seguía siendo amable.

Yo seguía siendo yo.

Pero algo había cambiado.

Hasta que una noche, mientras hablábamos, dije algo que nunca pensé decir.

—Quizás nosotros funcionamos mejor como padres.

Él levantó la mirada.

—¿Qué?

Me arrepentí apenas salió.

Pero seguí.

—Digo...

si algún día tuviéramos hijos.

Serías un buen padre.

Muchísimo.

Sonreí apenas.

—Pero quizás no sé si serías mi pareja para siempre.

La expresión de Dylan cambió.

No de enojo.

De dolor.

Como si esa frase hubiera tocado algo que él nunca me había mostrado.

—Entonces eso soy para vos.

—¿Qué?

—Una posibilidad.

Una persona útil.

El padre de tus hijos.

El que te cuida.

El que está.

Pero no necesariamente alguien a quien elegís.

Me quedé quieta.

Porque no era lo que quería decir.

Pero entendí cómo había sonado.

—Dylan...

Negó suavemente.

—No.

Está bien.

Solo necesitaba saberlo.

—No es así.

—Entonces decime cómo es.

Abrí la boca.

Pero no salió nada.

Porque a veces uno descubre que no sabe explicar lo que siente.

Solo sabe sentirlo.

Una semana después tomamos una decisión.

Vivir separados un tiempo.

No como castigo.

No como amenaza.

Como una forma de escucharnos sin tener al otro enfrente todo el tiempo.

Dylan se mudó temporalmente a un departamento cercano.

Me ayudó a llevar sus cosas.

Eso fue lo peor.

Que incluso herido...

seguía siendo Dylan.

Seguía doblando su ropa.

Seguía dejando todo ordenado.

Seguía preguntándome si necesitaba algo.

—Sos increíblemente molesto.

Le dije intentando sonreír.

Él soltó una pequeña risa.

—¿Por qué?

—Porque incluso cuando estás triste seguís siendo buena persona.

Me miró.

Y por un segundo pensé que iba a decir algo.

Pero solo respondió:

—Vos también.

Bajé la mirada.

—No siempre.

—No.

Aceptó.

—Pero estás aprendiendo.

Y eso era lo más doloroso.

Que no me estaba acusando.

No estaba intentando hacerme sentir culpable.

Simplemente estaba aceptando una verdad.

La última noche antes de irse, nos quedamos sentados en el suelo del living.

Como cuando éramos más jóvenes.

Sin saber qué decir.

Sin saber cómo despedirnos.

—¿Me odiás?

Pregunté.

Dylan me miró sorprendido.

—No.

—¿Ni un poco?

Sonrió triste.

—Ali.

Nunca podría odiarte.

Suspiré.

—Ese es tu problema.

Frunció el ceño.

—¿Cuál?

Lo miré.

—Que me querés incluso cuando soy difícil.

Él sonrió apenas.

—Y el tuyo...

es que todavía no entendés que no te quiero porque seas fácil.

Me quedé callada.

Porque esa frase se quedó conmigo.

Después se levantó.

Tomó su abrigo.

Caminó hacia la puerta.

Y antes de salir se giró.

—No te escondas de mí.

No supe qué responder.




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