Siempre encontramos el camino de vuelta

Capitulo Dieciocho ♡

¹⁸

Hay silencios que pesan más que una discusión.

Ese fue uno de ellos.

Habían pasado dos días.

Dos días completos desde aquella salida con los chicos.

Dos días sin un solo mensaje.

Sin un "¿llegaste bien?".

Sin un meme absurdo.

Sin una foto del desayuno.

Sin un "mirá lo que encontré".

Nada.

Y, curiosamente...

eso dolía más de lo que cualquiera de los dos estaba dispuesto a admitir.

Alison

Nunca pensé que una casa pudiera hacer tanto ruido.

La heladera.

El reloj.

La cafetera.

Hasta el agua hirviendo parecía hablar.

Preparé café por costumbre.

Dos tazas.

Recién cuando fui a servir la segunda me quedé inmóvil.

La miré unos segundos.

Después la vacié en la pileta.

—Qué ridícula...

murmuré para mí misma.

No era tristeza.

O quizás sí.

Pero era una tristeza rara.

No extrañaba discutir.

Extrañaba las pequeñas cosas.

Escucharlo y verlo caminar descalzo.

Encontrarlo leyendo en el sillón.

Que me robara las papas fritas del plato creyendo que yo no lo veía.

Suspiré.

Apoyé la taza sobre la mesa.

No.

No iba a escribirle.

Habíamos decidido darnos espacio.

Y, por una vez en mi vida...

iba a respetarlo.

Aunque me costara.

Dylan

La sartén seguía sobre la hornalla.

Había cocinado demasiado.

Otra vez.

Miró el plato.

Después la olla.

Después volvió al plato.

Sonrió apenas.

—Todavía no aprendo...

Guardó la comida que sobraba en un recipiente.

Lo dejó en la heladera.

Sin darse cuenta pensó:

"A Ali le habría gustado esto."

Se quedó quieto.

Apoyó ambas manos sobre la mesada.

No.

No podía seguir acostumbrándose a hablar solo.

Respiró hondo.

Sacó el celular.

La conversación seguía arriba de todo.

No había mensajes nuevos.

El dedo quedó unos segundos sobre el teclado.

"¿Cómo estás?"

Tan fácil.

Tan simple.

Tan difícil.

Bloqueó la pantalla.

Todavía no.

Si iban a reconstruir algo...

no quería hacerlo por ansiedad.

Quería hacerlo bien.

La tarde pasó lenta.

Alison salió a caminar.

Sin rumbo.

Solo necesitaba despejar la cabeza.

Entró en una librería.

Compró un cuaderno.

Después una lapicera.

Pensó en empezar a escribir otra vez.

Siempre escribía cuando no entendía lo que sentía.

Mientras tanto, Dylan decidió hacer exactamente lo mismo.

No escribir.

Caminar.

Sin un destino claro.

Terminó entrando en una pequeña cafetería del centro.

Pidió un café negro.

Se sentó junto a la ventana.

Abrió un libro.

Leyó la misma página cuatro veces.

No había entendido una sola palabra.

Porque su cabeza estaba en otro lado.

Muy lejos de ese café.

Esa misma noche...

los dos salieron otra vez.

Sin saberlo.

Alison caminaba con las manos dentro de los bolsillos del saco.

El aire estaba frío.

Le gustaba el invierno.

Porque nadie notaba cuándo una persona necesitaba esconder un poco la cara.

Dylan cruzaba la avenida desde la esquina opuesta.

Llevaba auriculares.

La música sonaba baja.

Más por costumbre que por ganas de escucharla.

El semáforo cambió.

Ella empezó a cruzar.

Él tuvo que esperar unos segundos más.

Un auto giró.

Después otro.

Cuando finalmente pudo avanzar...

ella ya había llegado a la vereda de enfrente.

Diez metros.

Solo diez metros los separaron.

Ninguno levantó la vista.

Ninguno imaginó que el otro había estado ahí.

La ciudad siguió respirando como todas las noches.

Las luces de los edificios continuaron encendiéndose.

Los colectivos pasaron.

La gente siguió caminando.

Y ellos también.

En direcciones distintas.

Sin saber que, a veces, el destino no junta a dos personas porque todavía les queda una última lección por aprender antes de volver a encontrarse




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