²⁰
El teléfono siguió sobre la mesa unos segundos más.
Ali lo observó como si abrir un mensaje pudiera cambiar algo.
Qué exagerada.
Era solo un "Hola".
Y, sin embargo...
sentía el mismo cosquilleo que antes de rendir un examen.
Terminó desbloqueando la pantalla.
Dyl:
"Hola, Al."
Nada más.
Ninguna explicación.
Ningún discurso.
Ningún intento desesperado por arreglar las cosas.
Solo un saludo.
Y, curiosamente...
eso la tranquilizó.
Sonrió apenas.
Apoyó los codos sobre la mesa.
Pensó una respuesta.
La borró.
Pensó otra.
También.
—¿Por qué responder un mensaje puede ser tan complicado?
Murmuró para sí misma.
Al final escribió exactamente lo primero que habría dicho si se lo hubiera cruzado en la calle.
Ali:
"Hola, Dyl."
Envió el mensaje antes de arrepentirse.
No pasaron ni diez segundos.
El teléfono volvió a vibrar.
Frunció el ceño.
—¿Tan rápido?
Abrió el chat.
Dyl:
"¿Cómo venís con la vida de influencer?"
Ali soltó una carcajada.
—Qué tonto...
Escribió enseguida.
Ali:
"Influencer no. Dramática profesional."
Los tres puntitos aparecieron casi al instante.
Dyl:
"Eso ya lo eras antes."
Ella abrió grande los ojos.
—¡Qué atrevido!
Sonrió.
No pudo evitarlo.
Escribió.
Borró.
Volvió a escribir.
Ali:
"¿Así me recibís después de tres días sin hablar?"
Esta vez él tardó un poco más en responder.
Lo suficiente para que empezara a preguntarse si había sonado demasiado seria.
Hasta que apareció el mensaje.
Dyl:
"Pensé que ibas a responder dentro de tres días."
Se rió otra vez.
Era increíble.
Tres días sin hablar...
y ya estaban molestándose como siempre.
No había grandes declaraciones.
Ni promesas.
Solo ellos.
Del otro lado de la ciudad, Dylan apoyó el celular sobre el escritorio.
Hacía tiempo que no la escuchaba reír.
No podía oírla.
Pero podía imaginar perfectamente la cara que habría puesto al leer ese último mensaje.
Negó con una sonrisa.
Todavía tenía ese efecto sobre él.
Volvió a trabajar.
Duró exactamente dos minutos.
El celular vibró otra vez.
Ali:
"Por cierto... el video de los fideos llegó a cien mil vistas."
Él arqueó una ceja.
Dyl:
"¿Y ahora qué sigue?"
La respuesta tardó varios minutos.
Cuando llegó, era una foto.
Una olla demasiado grande llena de salsa.
Debajo, una sola frase.
"Sigo cocinando para seis personas."
Dylan soltó una risa baja.
Sacó una foto de su propia heladera.
Había cuatro recipientes exactamente iguales.
Todos con comida.
Todos etiquetados.
"No sos la única."
Ali observó la imagen durante unos segundos.
Después negó con la cabeza.
No respondió enseguida.
Porque acababa de darse cuenta de algo muy simple.
Los dos seguían aprendiendo exactamente la misma lección.
Solo que en casas diferentes.
La conversación se fue apagando sola.
Sin tensión.
Sin despedidas incómodas.
Como esas charlas que terminan cuando ninguno tiene nada urgente que decir.
Antes de guardar el celular, Dylan escribió una última línea.
La leyó dos veces.
Pensó en borrarla.
No lo hizo.
Dyl:
"Me alegra saber de vos, Al."
Esta vez la respuesta tardó más.
Mucho más.
Ali dejó el teléfono sobre la cama.
Se quedó mirando el techo.
Respiró hondo.
Y recién después volvió a tomarlo.
Escribió despacio.
Sin pensar demasiado.
Ali:
"A mí también me hizo bien hablar con vos."
Envió el mensaje.
Apagó la pantalla.
Y sonrió.
Muy poquito.
Como quien todavía no sabe qué va a pasar mañana...
pero descubre que, a veces, un solo mensaje alcanza para que el día termine un poco mejor.
Al otro lado de la ciudad, el teléfono de Dylan volvió a vibrar.
Leyó la respuesta una sola vez.
Después bloqueó la pantalla.
No hacía falta seguir hablando por hoy.
Habían dado el primer paso.
Y, por ahora...
eso era suficiente.
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Editado: 04.09.2026