Siempre Fuimos

La guerra es una opción. La pérdida es inevitable.

 

ALEXA

Nos fuimos a dormir con la duda de no saber si darnos la mano, un beso o asegurarnos que nuestros corazones estarían a salvo, a donde sea que tuviéramos que ir.

¿Dónde estás, dulzura? Te necesito...

Pareció que aquellas dulces palabras, pronunciadas por la voz que aceleró por mucho tiempo mi corazón, fueron lo único que escuché durante una eternidad. Y esas mismas palabras me hicieron entrar en un laberinto interminable de terror y desolación.

Fueron, aquella unión de letras, las que me llevaron a abrir los ojos, con la única esperanza de encontrar al hombre de mi vida, a un lado de mí, durmiendo en completa calma. Pero nada más lejos de la realidad. Lo único que hallé fue dolor en el pecho y el alma vacía. Deseé poder volver a dormir, para no sentir nada.

Recordaba lo último que pasó, antes de caer en la oscuridad perpetua y absoluta. Vívidamente mis últimas memorias se dibujaron en mi conciencia. Alguien me había dormido con algún extraño químico de aroma dulce, y después, nada.

Aterrada por ese recuerdo miré a mí alrededor, encontrando mi visión cubierta por una densa neblina que apenas me dejaba distinguir la siluetas que detectaba en el camino que recorrieron mis ojos. Poco a poco obtuve un poco de claridad hasta que tuve la capacidad de entender en donde me encontraba. Era mi habitación en mi antigua casa de Farmington. ¿Qué demonios hacia ahí?

Quise levantarme y querer mover mis brazos, pero el sonido de cadenas retumbó en mis oídos y me descubrí incapaz de moverme. Tiré con fuerza de mis manos y alcé la vista, descubriendo los eslabones que habían sonado un segundo atrás. Había dos armellas incrustadas en las pared, por encima de la cabecera que reconocí de mi recamara.

El pánico se apoderó de mí y seguí tirando con fuerza, en un intento vano de soltarme. Estaba atada, inmovilizada.

Con el terror instalado en mi pecho y unas inmensas nauseas que tuve que reprimir y así tragar el sabor amargo en mi boca, miré de nuevo a mí alrededor, obteniendo con más claridad imágenes del escenario en el que me hallaba.

Mi estante de libros se posó frente a mí, cubierto de algunas telarañas y polvo en las pastas. La puerta del baño estaba entre abierta con la luz encendida. Las cortinas de la ventana estaban completamente cerradas y fui incapaz de distinguir en qué hora del día había abierto los ojos para encontrarme en aquella situación tan escalofriante.

Mi corazón latía desbocado y erráticamente, y lágrimas inundaron mis ojos, volviendo mi vista de nuevo a la neblina anterior.

Me fijé en una silueta femenina, sentada en el suelo, en una esquina, entre la pared y mi cómoda. La mujer se abrazaba las piernas y lentamente levantó la cabeza hacia a mí, revelándome su identidad.

—¿Katha? —Pregunté, tragando saliva con dificultad.

Estaba muy oscuro como para poder descifrar su expresión, pero no cabía duda de que era ella. Su cabello negro y grasoso revuelto y las líneas que definían su rostro no me dejaron ninguna duda.

—Despertaste —musitó sin aliento, como si tuviera alguna dolencia —. Se supone que debía mantenerte dormida.

—¿Qué estás haciendo aquí? —Pregunté desesperada, volviendo a tirar de mis brazos, sólo logrando que el frío metal abriera la piel de mis muñecas.

Al menos me dejaron en la comodidad del colchón de mi cama y una cobija me cubría una parte de las piernas.

—Enzo me matará —gimió lastimosamente y se echó a llorar, escondiendo su cabeza entre sus piernas.

Nada tenía sentido, absolutamente nada.

—¿Enzo? ¿Qué está pasando? —Interrogué, presa del pánico y al sentirme desvalida me eché a llorar junto con ella, sin interrumpir mi lucha para liberarme.

—Él me prometió que me daría todo lo que siempre soñé, todo lo que tú siempre has tenido, pero le fallé y no me dará nada —sollozó y la vi apretar uno de sus brazos contra su abultado abdomen.

Parecía no sentirse bien. De hecho, se veía peor de lo que yo me sentía y eso ya era decir mucho, porque era yo quien estaba atada con cadenas a la pared, con la boca seca, náuseas y dolor en cada rincón de mi cuerpo.

De pronto tomé consciencia de algo de suma importancia. Mi hija. Sin aire en los pulmones me concentré solo en esa parte de mi cuerpo, buscando una señal de que estuviera aun conmigo. Afortunadamente pude sentir unos suaves movimientos, que apenas pude percibir, pero eran lo que necesitaba para saber que ella estaba bien y a salvo.

Ocupaba inmediatamente salir de ahí.

¿Dónde estaba Lusian? ¿Cómo estaría? Seguramente desesperado por no saber nada de mí. ¿Cuánto tiempo llevaba en cautiverio? Maldición, tantas preguntas, demasiado pánico y poco por hacer. Quería llegar a él de cualquier forma y pedirle que me rescatara, que me regresara de nuevo a su lado. No podía imaginar lo que estaría pasando.

Kathara parecía ser la única vía de escape. Qué ironía y desesperanza.

Debía que llegar emocionalmente a ella, de algún modo. Aparentemente estaba ahí por su voluntad y no secuestrada como yo.

Por cierto. ¿Quién demonios se había atrevido a alejarme de mi familia?

Lo supe en cuanto me formulé aquella pregunta. Enzo. Ahora tenía sentido. Recordé la voz que escuché en mi oído, antes de cerrar los ojos contra mi voluntad. Y era obvio, si recordaba la situación en la que vivía, por llevar dentro a la hija del portador. Ellos no querían que ese bebé naciera o supondría su extinción.

Necesitaba pensar con la cabeza fría y mantener la calma, si quería llegar a ella y que me ayudara a escapar. Veía probable que ambas necesitáramos hacerlo, porque a saber las razones por las que Kathara estuviera ahí, exactamente, o cómo fue que llegó hasta eso.

—Katha... tienes que escucharme —le pedí con calma, intentando controlar mi respiración —. Enzo...

—No, cállate. Lo he defraudado— gimió y con dificultades se puso de pie —. Ahora por tu culpa no tendré nada de lo que quiero. Siempre me quitas todo.




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