Ethan
Emily siempre decía “siempre” como si fuera una promesa pequeña.
Como si no significara nada.
La dejé en el gimnasio después de clases. El lugar estaba lleno de ruido, pelotas rebotando, risas demasiado altas. Ella se movía con naturalidad entre la gente, saludando, sonriendo, ocupando espacio como si el mundo le perteneciera.
Yo me quedé un segundo más de lo necesario apoyado en la puerta.
No porque dudara en irme.
Porque quería verla.
—¿Vas a quedarte mirándome o piensas hacer algo útil? —me gritó desde la cancha, con esa sonrisa que usaba solo conmigo.
Negué con la cabeza y me fui antes de que alguien notara que estaba sonriendo como un idiota.
En casa no había ruido. Nunca lo había.
Solo una casa grande, demasiado ordenada, y un hombre que hablaba poco cuando no era estrictamente necesario.
—Llegaste temprano —dijo mi padre sin levantar la vista del periódico.
—Entrenamiento cancelado —respondí.
Asintió. Nada más.
Siempre era así. Información justa. Ninguna pregunta.
Subí a mi habitación y me dejé caer en la cama. Saqué el teléfono sin pensarlo y abrí el chat de Emily. No había mensajes nuevos, pero tampoco los necesitaba. Su nombre ahí bastaba.
Em: Fiesta hoy. No te hagas el ocupado.
Sonreí.
Yo: Paso por ti a las nueve.
La fiesta era en una casa enorme, luces cálidas, música demasiado fuerte. Emily bajó las escaleras usando un vestido simple, corto, que no parecía un esfuerzo… y por eso mismo llamaba la atención.
—¿Qué tal? —preguntó, girando un poco.
—Bien —dije—. Muy bien.
No dije más porque alguien la saludó, luego otro. Yo me quedé a su lado, como siempre, mano en su espalda cuando la gente se acercaba demasiado, asegurándome de que nadie se pasara de la línea.
Bebimos. Bailamos. Reímos.
En algún punto, ella se acercó más de lo normal. Su frente contra mi hombro. Sus dedos en mi muñeca.
—¿Te acuerdas cuando nos escapamos? —preguntó de la nada, con la voz suave.
—Sí.
—Creí que me ibas a besar.
La miré.
Ella no me estaba mirando a mí. Estaba mirando al pasado.
—No lo hice —dije.
—Lo sé.
Se separó un poco, sonrió y alguien la llamó para bailar. Se fue sin notar que me quedé quieto, con el vaso intacto en la mano.
Más tarde, cuando la llevé a casa, apoyó la cabeza en la ventana del auto, cansada.
—Gracias por venir siempre conmigo —murmuró.
—Para eso estoy.
Antes de bajar, me besó la mejilla. Rápido. Familiar. Inofensivo.
La vi entrar a su casa y esperé a que la puerta se cerrara antes de irme.
No sabía cuánto tiempo más iba a poder fingir que eso era suficiente.
Pero esa noche, como tantas otras, no dije nada.
Y ella tampoco.
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Editado: 18.02.2026