Siempre fuimos nosotros

Capítulo 5

Emily

La casa estaba en silencio cuando llegué, pero no era el tipo de silencio que tranquiliza. Era el que avisa que algo está mal.

Me quité los zapatos sin hacer ruido y subí las escaleras despacio. Desde el pasillo escuché la voz de mi madre. Baja. Cuidada. Como si incluso discutir fuera una cuestión de imagen.

—No puedes seguir actuando como si nada —decía.

Mi padre respondió algo que no alcancé a escuchar. No quise quedarme. Nunca quise.

Entré a mi habitación y cerré la puerta con cuidado. Me dejé caer en la cama aún vestida, mirando el techo, contando respiraciones. Saqué el teléfono casi por reflejo.

Em: ¿Llegaste bien?

Tardó más de lo normal en responder.

Ethan: Sí.

Solo eso.

Fruncí el ceño. Volví a escribir.

Em: ¿Todo bien?

Pasaron minutos.
Luego:

Ethan: Todo normal.

Nada en Ethan sonaba normal cuando era tan breve.

Apagué el teléfono, molesta conmigo misma por sentirme así. No había pasado nada. Nada real. Clara no significaba nada. Yo misma lo había dicho.

A la mañana siguiente, en la escuela, lo busqué con la mirada apenas crucé la entrada. No estaba junto a las taquillas. No estaba bajo el árbol. Lo encontré más tarde, en el pasillo, hablando con un profesor.

—Ethan —lo llamé.

Giró al instante. Eso seguía igual.

—Hola.

Hola.
No Em. No sonrisa ladeada. No comentario sarcástico.

—¿Te pasa algo? —pregunté.

—No —respondió—. Solo estoy cansado.

Asentí, pero no me convenció.

Durante el día apenas coincidimos. En el descanso se sentó con otros. En el entrenamiento miré mi teléfono más veces de las necesarias. Nada.

Esa noche no hubo fiesta. Ni mensaje para salir.
Solo silencio.

El tercer día fue peor.

—¿Hice algo? —le pregunté al fin, alcanzándolo en el estacionamiento.

Suspiró. Se apoyó en su coche y se pasó una mano por el rostro.

—No, Em. No hiciste nada.

—Entonces mírame —dije, más fuerte de lo que pretendía—. Porque siento que ya no lo haces.

Levantó la vista. Sus ojos azules se suavizaron por un segundo.

—Siempre te miro.

Pero no sonó como antes.

Nos quedamos ahí, frente a frente, con demasiadas cosas no dichas entre nosotros.

—Voy a estar ocupado estos días —añadió—. Escuela. Entrenamiento.

—Claro —respondí—. Yo también.

Mentí.

Cuando se fue, me quedé quieta, con el pecho apretado y una sensación nueva y desagradable: la de estar perdiendo algo sin saber exactamente qué.

Esa noche, mientras escuchaba a mis padres discutir otra vez, entendí algo que no quise aceptar:

Ethan no se estaba yendo.
Estaba retrocediendo.

Y por primera vez desde que éramos niños, no sabía cómo alcanzarlo.




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