Ethan
No me estaba alejando porque quisiera.
Me estaba alejando porque quedarme empezaba a doler más.
El gimnasio estaba casi vacío esa tarde. Golpeé el saco una y otra vez, contando respiraciones, intentando cansar algo que no tenía que ver con el cuerpo. Cada golpe era más fuerte que el anterior. No por enojo. Por contención.
—Te vas a lastimar —dijo alguien desde la puerta.
Levanté la vista.
Emily.
Llevaba ropa deportiva, el cabello recogido de cualquier forma. No parecía la chica que todos miraban en los pasillos. Parecía… ella.
—Estoy bien —dije.
—Eso dices siempre.
Se acercó despacio, como si temiera que yo retrocediera. Se sentó en la banca frente a mí.
—¿Desde cuándo me evitas? —preguntó.
No contesté de inmediato. Me quité las vendas de las manos con calma, alargando el momento.
—No te evito.
—Entonces explícame por qué ya no me escribes.
Por qué ya no me miras igual.
Eso sí me miró de frente.
—No te debo explicaciones —respondí más seco de lo que quise.
Vi cómo algo se le tensaba en el rostro.
—No. Pero pensé que éramos amigos.
Ahí estuvo.
La palabra exacta.
La que me estaba matando.
—Lo somos —dije.
—Entonces no actúes como si no importara.
Me puse de pie. Necesitaba espacio. Aire. Cualquier cosa que no fuera ella mirándome así.
—Importas —dije—. Justamente por eso.
Frunció el ceño.
—No te entiendo.
Lo sabía.
—Déjalo así, Em.
—No —respondió—. No voy a dejarlo así.
Me miró con una determinación que me desarmó un poco.
—Si hice algo, dímelo. Si estás enojado, dímelo. Pero no desaparezcas.
Pensé en el campo.
En sus manos frías.
En el beso que no pasó.
Pensé en Clara. En los rumores. En verla bailar con otros mientras yo fingía que no me importaba.
—No hiciste nada —dije al final—. Soy yo.
Odié lo cliché que sonó.
Pero era verdad.
Emily bajó la mirada. Asintió lentamente.
—Está bien —dijo—. Entonces dame tiempo.
Como yo te lo he dado siempre.
Se levantó y se fue sin mirar atrás.
Me quedé solo, con el eco de sus pasos y una certeza incómoda:
alejarme no me estaba protegiendo.
Solo estaba retrasando algo inevitable.
Esa noche, mi padre me habló por primera vez en semanas.
—Estuve pensando —dijo, desde el comedor—. Sobre tu futuro. Las universidades.
Me detuve.
—Quiero que consideres opciones fuera de aquí.
Asentí.
Cinco horas podían ser una distancia razonable.
Segura.
Suficiente.
No sabía aún que esa decisión iba a cambiarlo todo.
#160 en Joven Adulto
#3406 en Novela romántica
amor desilusion encuentros inesperados, amor ciego, amor decisiones dolorosas
Editado: 05.03.2026