Emily
La palabra universidad empezó a aparecer en conversaciones como una amenaza educada.
Primero fue una orientación escolar. Luego folletos sobre la mesa. Después, mi madre hablando de prestigio como si fuera una herencia obligatoria.
—Esta tiene un programa excelente —decía, señalando la pantalla—. Y queda lejos. Eso es bueno.
Lejos de qué no lo dijo, pero no hacía falta.
Mi padre no discutía. Solo me miraba de reojo, como preguntándome en silencio si yo estaba bien.
No lo estaba.
Ethan dejó de sentarse conmigo en los descansos. No de forma obvia. No como para que alguien más lo notara. Pero yo sí. Siempre yo.
Cuando coincidíamos, todo era correcto. Amable. Distante.
—¿Vas a la reunión del viernes? —le pregunté un día, cerrando mi casillero.
—No creo.
—Ah.
Ese ah me supo a derrota.
Esa tarde, en el entrenamiento, no logré concentrarme. Fallé una coreografía que ya sabía de memoria.
—¿Estás bien? —me preguntó una de las chicas.
—Sí —respondí automáticamente.
Mentira.
Salí antes de que terminara. Caminé sin rumbo por el estacionamiento hasta que vi su coche. Estaba ahí, sentado dentro, sin arrancar.
Abrí la puerta sin pensarlo.
—¿Por qué haces esto? —pregunté.
Levantó la vista, sorprendido.
—Emily—
—No, no me digas Em ahora si llevas días actuando como si yo no importara.
Cerré la puerta y me crucé de brazos. Mi voz temblaba, pero no me importó.
—No puedes desaparecer así y fingir que no pasa nada.
—No estoy desapareciendo —dijo—. Solo… necesito espacio.
—¿De mí?
El silencio respondió antes que él.
—¿Vas a irte? —pregunté entonces, sin rodeos.
Frunció el ceño.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque todo el mundo habla de universidades. Porque ya no estás aquí. Porque siento que te estoy perdiendo y no sé cuándo empezó.
Apretó el volante.
—No es tan simple.
— Para mí sí lo es —dije—. Siempre lo ha sido.
Me miró por fin. De verdad.
—Emily, yo—
Su teléfono vibró. Lo miró. Lo bloqueó sin contestar.
—Luego hablamos —dijo.
—No —respondí—. Siempre es luego.
Me bajé del coche antes de escuchar algo que no estaba lista para oír.
Esa noche, en mi habitación, rodeada de folletos que no había pedido, entendí que el miedo no era irme.
Era quedarme sin él.
Y lo peor era no saber si él ya había tomado una decisión.
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Editado: 05.03.2026