Emily
No fue un gran beso.
Eso fue lo peor.
Si hubiera sido intenso, torpe, desesperado… habría tenido una excusa para odiarme un poco. Pero no. Fue suave. Corto. Correcto.
Lucas no me presionó. No intentó nada más. Sonrió como si el mundo fuera sencillo y yo no estuviera pensando en alguien más.
Y yo pensé en Ethan.
Pensé en la forma en que me miraba cuando fingía no hacerlo. En cómo siempre parecía irse justo antes de decir algo importante.
Cuando entré otra vez a la fiesta, lo busqué sin querer.
No estaba.
Supe que lo había visto.
Lo sentí.
Hay miradas que no necesitas confirmar.
Esa noche, cuando me escribió lo de la universidad, me quedé mirando el mensaje durante varios minutos.
Me aceptaron en la universidad.
Cinco horas.
Cinco horas eran suficientes para que alguien se acostumbrara a no volver.
Escribí muchas cosas antes de enviar la respuesta.
“¿Eso significa que te vas?”
“¿Cuándo?”
“¿Y nosotros?”
Borré todo.
Em: Me alegro por ti.
Porque si él podía elegir la distancia como solución, yo podía elegir la dignidad.
Al día siguiente en la escuela, lo vi en el pasillo. Me miró como si estuviera midiendo algo invisible entre nosotros.
Sonreí.
Educada.
Neutral.
Él hizo lo mismo.
Nos cruzamos sin tocarnos.
Sin detenernos.
Y supe que eso nos estaba rompiendo más que cualquier discusión.
En clase de literatura, la profesora habló sobre las decisiones que cambian el rumbo de una historia. Dijo que a veces no son los grandes eventos los que definen todo, sino los silencios prolongados.
Me reí por lo bajo.
Si eso era cierto, Ethan y yo éramos expertos en escribir tragedias silenciosas.
Después de clases, Lucas me alcanzó en la salida.
—¿Estás bien? —preguntó.
Asentí demasiado rápido.
—Sí.
—No tienes que fingir conmigo.
Eso me tomó por sorpresa.
No era Ethan. No conocía mis versiones anteriores. No sabía cuánto me costaba no correr detrás de alguien que claramente se estaba alejando.
—No estoy fingiendo —dije, aunque no estaba segura.
Lucas me observó un momento.
—Si lo estás esperando, deberías saber si va a quedarse.
La frase me golpeó más de lo que debería.
Porque la verdad era simple y brutal:
No lo sabía.
Ethan siempre parecía estar a medio paso de irse.
Y ahora tenía una razón real para hacerlo.
Esa tarde llegué a casa y encontré a mi madre doblando ropa en el sofá.
—¿Estás enamorada? —preguntó sin mirarme.
Me quedé quieta.
—No.
Mentira automática.
Ella sonrió apenas.
—Entonces ¿por qué pareces como si estuvieras perdiendo algo?
Subí a mi habitación sin responder.
Cerré la puerta.
Y por primera vez desde el beso en el jardín, me permití llorar.
No por Lucas.
No por la universidad.
Sino por la posibilidad de que Ethan y yo siempre hubiéramos sido algo… pero nunca lo suficiente valientes para decirlo en voz alta.
Y ahora el tiempo empezaba a moverse más rápido.
Y el tiempo, a diferencia de nosotros, no duda.
#160 en Joven Adulto
#3406 en Novela romántica
amor desilusion encuentros inesperados, amor ciego, amor decisiones dolorosas
Editado: 05.03.2026