Ethan
La vi llorar.
No debía estar ahí. Había ido a dejar unos papeles a la oficina cuando pasé por el pasillo lateral que da al patio trasero. La puerta estaba entreabierta.
Ella estaba sentada en el último escalón.
Con la cabeza baja.
No hacía ruido.
Eso fue lo que me rompió.
Emily siempre había sido fuerte en público. Si estaba llorando sola, era porque no quería que nadie lo supiera.
Y yo sabía exactamente por qué.
Di un paso hacia ella.
Me detuve.
No tenía derecho a consolar algo que yo mismo había provocado.
Pero tampoco podía irme otra vez.
Empujé la puerta.
El leve sonido hizo que levantara la cabeza de inmediato. Se secó las mejillas rápido, como si el gesto pudiera borrar la evidencia.
—¿Qué haces aquí? —preguntó, con voz apenas estable.
—Necesitaba hablar contigo.
—¿Ahora?
El reproche estaba ahí. No gritaba, pero cortaba.
Bajé los escalones hasta quedar frente a ella.
De cerca, sus ojos estaban rojos.
—Lo de la universidad… —empecé.
—Ya te felicité.
—No es eso.
Silencio.
El aire entre nosotros se volvió denso.
—No quiero que te enteres por otros cuándo me voy.
Sus dedos se tensaron sobre la tela de su suéter.
—¿Cuándo?
—En dos meses.
Ella asintió lentamente.
—Eso es pronto.
—Sí.
Esperé que dijera algo más. Que preguntara si iba a volver. Que se enojara. Que me pidiera que me quedara.
No lo hizo.
Se puso de pie.
—Me alegra que tengas lo que querías.
Eso dolió más que cualquier grito.
—¿Y tú? —pregunté antes de pensar.
Se quedó quieta.
—Yo también tengo lo que quiero.
Lucas.
El nombre no hizo falta.
Mi mandíbula se tensó.
—¿Lo quieres a él?
Ella me miró directo.
Demasiado directo.
—Al menos él se queda.
El golpe fue limpio.
No levantó la voz. No me acusó. Solo dijo la verdad.
Di un paso atrás.
—No es tan simple.
—Nunca lo es contigo.
Eso fue lo que me hizo reaccionar.
—Emily, no me estoy yendo por diversión.
—Entonces ¿por qué se siente como si siempre estuvieras listo para hacerlo?
No supe qué responder.
Porque la respuesta era peor que cualquier excusa.
Porque irme era más fácil que quedarme y arriesgarme.
Ella negó con la cabeza.
—No vine a pelear —dijo, recogiendo su mochila—. Solo… no vuelvas a aparecer cuando ya tomaste una decisión.
Intentó pasar a mi lado.
La tomé del brazo.
No fuerte. Pero suficiente para detenerla.
Se quedó inmóvil.
—No he tomado todas las decisiones —murmuré.
Su respiración se aceleró.
—Entonces toma una.
Le solté el brazo.
Y esta vez fue ella la que se fue primero.
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Editado: 05.03.2026