Emily
No lloré cuando doblé la esquina.
Esperé hasta llegar al baño del edificio principal.
Cerré la puerta del último cubículo y me apoyé contra la pared, respirando rápido. No iba a darle el gusto de verme romperme otra vez.
“Toma una.”
Eso le había dicho.
Como si fuera tan fácil.
Como si no llevara años esperando que él eligiera quedarse sin tener que pedírselo.
Salí cuando escuché el timbre del final de clases. Me lavé la cara con agua fría hasta que el rojo desapareció lo suficiente.
Cuando crucé el estacionamiento, vi su auto todavía ahí.
No miré.
Lucas apareció a mi lado con naturalidad, como si hubiera estado calculando el momento exacto.
—¿Te vas caminando?
—Sí.
—Te acompaño.
No discutí.
Caminamos en silencio los primeros minutos. El aire estaba pesado, húmedo. Sentía el eco de la conversación con Ethan repitiéndose en mi cabeza.
—¿Te hizo llorar? —preguntó Lucas de pronto.
Me detuve.
—No.
—Emily.
Su tono no era acusador. Era firme.
—No es tu problema.
—Podría serlo.
Lo miré.
—¿Desde cuándo?
—Desde que me besaste y no fue un error.
El comentario me dejó sin palabras.
—No estoy compitiendo con nadie —continuó—. Pero no voy a fingir que no veo lo que pasa cuando él está cerca.
Eso me tensó.
—No pasa nada.
Lucas soltó una risa breve.
—Claro.
Seguimos caminando.
A mitad de la cuadra, un auto frenó bruscamente junto a nosotros.
El sonido me hizo girar la cabeza de inmediato.
Era el auto de Ethan.
Bajó la ventana.
—Emily, sube.
Lucas se puso rígido.
—Está conmigo.
Ethan lo miró por primera vez como si realmente lo estuviera viendo.
—Necesito hablar con ella.
—Ya hablaron.
El silencio entre los tres fue incómodo, eléctrico.
—Cinco minutos —dijo Ethan sin apartar la mirada de mí.
Lucas esperó mi respuesta.
Ese fue el detalle.
Esperó.
No decidió por mí.
No exigió.
Solo esperó.
—Estoy bien —le dije a Lucas.
No sonó tan convincente como quería.
Él dudó.
Luego asintió.
—Te llamo después.
Se alejó unos pasos, pero no demasiado.
Abrí la puerta del auto y subí.
El interior olía a gasolina y tensión.
Ethan no arrancó.
—¿Qué haces? —pregunté.
—No puedo dejarlo así.
—Entonces no lo dejes así.
—No me voy porque quiera huir de ti.
—Pero te vas.
Golpe bajo. Directo.
Sus manos apretaron el volante.
—No puedo quedarme aquí.
—Nadie te lo está pidiendo.
Eso lo hizo girar hacia mí.
—¿No?
Lo sostuve la mirada.
—No voy a suplicar.
La respiración de Ethan se volvió irregular.
—¿Y si no quiero que estés con él?
Ahí estaba.
Tarde.
—Entonces deberías haberlo dicho antes.
El teléfono de Ethan vibró en la consola.
Ignoró la llamada.
—Emily…
Su voz bajó.
Demasiado baja.
Como si lo que fuera a decir pesara más que todo lo anterior.
—Si me quedo… no es solo por ti.
—No quiero que te quedes “por mí”.
Silencio.
El teléfono volvió a vibrar.
Esta vez miró la pantalla.
Su expresión cambió.
No fue miedo.
Fue algo más tenso.
—Es mi padre —murmuró.
Contestó.
—¿Qué pasó?
Escuché solo fragmentos.
Hospital.
Accidente.
Ahora.
Ethan palideció.
Colgó.
Sus manos ya no estaban firmes.
—Tengo que irme.
No a la universidad.
No en dos meses.
Ahora.
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Editado: 05.03.2026