Siempre fuiste Tú. Cuando el amor regresa tarde

Capítulo 2- La nueva estudiante

El tiempo, para ellos, no avanzaba… se deslizaba.

Los días comenzaron a repetirse con una naturalidad casi invisible, como si el mundo hubiese decidido reducirse a un solo lugar: el parque. Ren llegaba primero la mayoría de las veces, dejando caer su mochila sobre el pasto como una señal silenciosa de que ese espacio le pertenecía… hasta que Kaoru aparecía.

Y entonces, todo cambiaba.

Jugaban a las escondidas entre árboles que ya parecían conocer sus nombres. Se contaban historias de miedo cuando el sol comenzaba a esconderse, exagerando sombras, inventando criaturas que jamás darían tanto miedo como el silencio que vendría años después. Reían. Reían sin medida, sin motivo claro, como solo lo hacen los niños que aún no han aprendido a contenerse.

Kaoru no era la más rápida ni la más hábil, pero tenía una forma de mirar el mundo que hacía que todo pareciera más liviano. Ren, sin entenderlo del todo, empezó a buscar esa sensación. No sabía cómo llamarla… pero sabía que la necesitaba.

Y así, sin darse cuenta, comenzaron a hacerse costumbre.

Hasta que el calendario avanzó.

El verano terminó sin pedir permiso, y con él llegó el inicio de algo nuevo: la preparatoria.

El primer día, el colegio parecía más grande de lo que Ren recordaba. Los pasillos estaban llenos de voces, de pasos, de vidas cruzándose sin importancia. Él caminaba entre ellas con cierta desconexión, como si algo le faltara.

—¡Ren!

Hiko lo esperaba apoyado contra la pared, con esa sonrisa despreocupada de siempre. Se acercó y le dio un pequeño golpe en el hombro.

—Al fin apareces. Pensé que te habías borrado del mapa estas vacaciones.

Ren esbozó una leve sonrisa.

—No… estuve por ahí.

Hiko lo miró con sospecha divertida.

—Ya… eso suena a que hiciste algo —dijo—. A ver, cuéntame… ¿qué historia tienes para contarme?

Ren dudó un instante. Bajó la mirada.

—Conocí a alguien.

Hiko levantó ambas cejas.

—¿Una niña?

Ren asintió.

—Sí.

—¿Y? ¿Es bonita?

Ren negó suavemente.

—No sé… eso no importa.

—¿Cómo que no importa?

Ren respiró suave.

—Tiene algo… cuando estoy con ella… me siento bien.

Hiko lo observó unos segundos, en silencio. Luego sonrió.

—Ah… ya entiendo.

Entraron al aula. Se sentaron.

Faltaba algo.

El profesor entró poco después.

—Buenos días. Antes de comenzar, tenemos algo importante.

—Hoy se integra una nueva estudiante. Quiero que la reciban bien.

La puerta se abrió.

Y ahí estaba ella.

Kaoru.

Ren levantó la mirada… y el mundo se silenció.

Kaoru lo encontró entre todos.

Y sonrió.

Pequeña. Sincera.

Suficiente.

A su lado, Hiko siguió la línea de su mirada… y lo entendió todo.

Se inclinó hacia él.

—Ah… con que “tiene algo”, ¿no?

Ren apretó los labios.

—Cállate…

—Esa es tu famosa historia —murmuró Hiko.

Kaoru se sentó justo delante de Ren.

Cerca.

Demasiado cerca.

La clase avanzó… pero Ren no estaba del todo ahí.

Cada pequeño movimiento de Kaoru parecía tener un peso distinto.

El sonido del timbre rompió la tensión.

Era hora del recreo.

El aula se llenó de movimiento. Sillas arrastrándose, voces cruzándose, risas que volvían a llenar el espacio. Era el momento de comer, de salir, de desconectarse.

Pero Ren no se movió de inmediato.

Se quedó sentado.

Mirándola.

Kaoru abrió su almuerzo con cuidado.

Por un instante, levantó la mirada.

Lo miró de reojo.

Rápido.

Casi imperceptible.

Ren lo notó.

Y apartó la vista de inmediato.

El corazón le dio un golpe seco.

Quería hablarle.

Decir algo.

Cualquier cosa.

Pero la vergüenza lo sujetaba.

Como si cualquier palabra pudiera romper algo que aún no entendía.

—¿Y? —susurró Hiko desde atrás—. ¿No vas a hablarle?

Ren no respondió.

No sabía cómo empezar.

No sabía qué decir.

Y justo en ese momento—

Tres niños se acercaron a Kaoru.

—Oye… ¿eres nueva?

Ren alzó la vista.

—Sí… —respondió ella con suavidad.

—Entonces deberías saber cómo funcionan las cosas aquí.

El cuerpo de Ren se tensó.

—Ese almuerzo… dámelo.

Kaoru apretó el recipiente.

—¿No escuchaste?

Ren se quedó quieto un segundo.

Ese segundo en el que pudo quedarse ahí.

Ese segundo en el que pudo no hacer nada.

Pero no lo hizo.

Se levantó.

—Déjala.

La voz salió firme.

Los tres niños se giraron.

—¿Y tú qué?

Ren sostuvo la mirada.

—Dije que la dejes.

No era el más fuerte.

Pero no retrocedió.

—¿Te crees su héroe?

Ren no respondió.

No hacía falta.

Los niños dudaron.

Y luego se fueron.

—Como quieras.

El aire volvió a moverse.

Ren se sentó lentamente, evitando mirarla.

—No tienes que… —empezó.

No terminó.

Porque entonces—

Kaoru lo abrazó.

Fue torpe.

Repentino.

Real.

Ren se quedó inmóvil.

Su corazón golpeó con fuerza.

Y entonces lo sintió.

El calor subiéndole al rostro.

Lento.

Inevitable.

Se sonrojó.

No sabía dónde poner las manos. No sabía si mirarla, si apartarse… si hacer algo.

Pero no hizo nada.

Se quedó ahí.

Quieto.

Sosteniendo ese instante como si, sin saberlo, entendiera que no volvería a repetirse igual.

—Gracias —susurró Kaoru.

Ren tragó saliva, todavía con el rostro encendido.

No respondió.

Pero tampoco se apartó.

Y desde atrás, Hiko observó en silencio.

Esta vez no bromeó.

Porque ahora…

ya entendía.




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