El colegio había traído consigo una rutina que, al principio, parecía igual a la de todos. Clases que se sucedían una tras otra, profesores que hablaban sin pausa, cuadernos que se llenaban de apuntes que muchas veces nadie volvía a leer. Todo era orden, estructura, repetición. Sin embargo, para Ren, esa aparente normalidad se había transformado en algo distinto, en algo que no sabía explicar con claridad, pero que sentía cada vez con más fuerza.
Porque, en medio de todo eso, siempre terminaba mirándola a ella.
No importaba cuánto intentara concentrarse, ni cuántas veces bajara la vista al cuaderno fingiendo escribir. En algún momento, inevitablemente, su atención regresaba a Kaoru. A la forma en que inclinaba ligeramente la cabeza al leer, al gesto casi imperceptible con el que apartaba su cabello cuando le molestaba, a ese silencio suyo que no incomodaba, sino que parecía contener algo más profundo, algo que no necesitaba palabras.
Y en ese acto repetido, casi inconsciente, Ren encontraba una calma extraña. Como si todo lo demás dejara de importar por unos segundos.
—Te vas a gastar los ojos —murmuró Hiko a su lado, sin necesidad de mirarlo directamente.
Ren tardó en reaccionar. Parpadeó, volviendo a la sala como si hubiera estado en otro lugar.
—¿Qué?
Hiko esbozó una sonrisa leve, de esas que no buscaban esconderse.
—Que llevas rato mirando hacia adelante como si hubiera algo interesante. Y te aseguro que la clase no lo es.
Ren frunció el ceño, bajando la mirada de inmediato.
—No estoy mirando nada.
—Claro —respondió Hiko con suavidad, apoyándose en la silla—. Y yo no me doy cuenta de nada.
Ren no insistió. Sabía que no tenía sentido. Hiko lo conocía desde siempre, desde antes incluso de que él mismo entendiera muchas cosas. Habían crecido juntos, compartiendo días largos y simples, risas que no necesitaban explicación, silencios que no incomodaban. Con él, ocultar algo era casi inútil.
Y esta vez no era la excepción.
Porque Hiko ya lo había visto.
Ese cambio.
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Los días comenzaron a ordenarse alrededor de pequeños momentos que, sin proponérselo, se volvieron importantes. El almuerzo en el patio, siempre en el mismo lugar, bajo un árbol que apenas los protegía del sol, pero que terminaba siendo suficiente. Las conversaciones que, al principio, eran breves, casi tímidas, empezaron a alargarse. Kaoru hablaba más que antes. No demasiado, pero lo suficiente como para que su voz comenzara a volverse familiar.
Ren la escuchaba con atención, incluso cuando lo que decía parecía no tener mayor relevancia. Porque no era lo que decía lo que importaba, sino la forma en que lo hacía.
Hiko, por su parte, observaba.
Y cuando encontraba el momento, intervenía.
—Oye, Kaoru —dijo una tarde, con un tono casual que no lograba ocultar del todo su intención—, ¿sabías que Ren es bueno defendiendo gente?
Ren levantó la cabeza de inmediato, incómodo.
—Hiko…
Pero él no se detuvo.
—No, en serio. Ese día fue todo un héroe. No lo parece, pero cuando quiere, aparece.
Kaoru sonrió, mirando a Ren con una calidez que no pasó desapercibida.
—Ya lo sé.
Ren se quedó en silencio, sorprendido.
—¿Cómo que ya lo sabes?
Kaoru bajó la mirada, como si esa respuesta mereciera un poco más de cuidado.
—Porque ese día… —hizo una pausa breve— sentí que no estaba sola.
Las palabras fueron simples, pero no livianas. Quedaron suspendidas en el aire, cambiando el peso del momento sin necesidad de más explicaciones.
Ren no respondió. No porque no quisiera, sino porque no encontró cómo hacerlo sin arruinar algo que, de alguna manera, ya estaba completo.
Hiko tampoco habló. Pero entendió.
Eso ya no era casualidad.
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El descubrimiento del gimnasio ocurrió casi por accidente. Caminaban por el pasillo cuando Hiko, distraído como siempre, se detuvo un segundo más de lo normal.
—Oye… —dijo—, ¿no es ella?
Ren siguió su mirada.
Y la vio.
Kaoru estaba dentro del gimnasio, con el cabello recogido, moviéndose de una forma que él no conocía. Había firmeza en sus pasos, seguridad en sus movimientos. Saltaba, giraba, recibía el balón con precisión. No era la misma Kaoru silenciosa del aula. Había algo más en ella ahí dentro. Algo vivo.
Ren no pudo apartar la vista.
—Juega bien —dijo, casi en un susurro. Le encanta el Volleyball.
Hiko lo observó de reojo.
—Claro. Todo lo que haga va a ser impresionante para ti.
Ren no respondió.
Porque, por primera vez, no podía negarlo con tanta facilidad.
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A partir de ese día, algo cambió.
O quizás… algo comenzó.
Después de clases, Ren empezó a quedarse.
Al principio sin pensarlo demasiado. Luego, casi como una necesidad. Se sentaba en las gradas o se apoyaba en la reja, siempre en silencio, siempre mirando. El sonido del balón golpeando el suelo, las voces del equipo, el eco del gimnasio… todo eso empezó a formar parte de un momento que esperaba sin decirlo en voz alta.
Y Kaoru, poco a poco, comenzó a darse cuenta.
No de inmediato, pero sí en esos pequeños detalles que no se pueden fingir. En las miradas que se cruzaban más de lo normal, en la sensación de saber que alguien estaba ahí, en la forma en que, sin querer, lo buscaba entre el resto.
—Te estás distrayendo —le dijo una compañera entre risas, después de que fallara un movimiento sencillo.
Kaoru negó suavemente, pero no respondió.
Porque sabía que no era mentira.
—Esto ya dejó de ser normal —comentó Hiko una tarde, dejándose caer a su lado en las gradas.
Ren no lo miró.
—Cállate.
—No —insistió—. Vienes todos los días. No haces nada. Solo la miras.
Ren tardó en responder.
—Me gusta verla jugar.
Hiko lo observó en silencio, midiendo sus palabras.
—¿Y a ella?