El tiempo, cuando se es niño, no se mide en días. No avanza en calendarios ni se detiene en fechas importantes. Se instala, silencioso, en pequeñas repeticiones que terminan por volverse necesarias.
Y estar juntos… ya lo era.
Ren no supo en qué momento comenzó a buscarla todos los días. No hubo un instante claro, ninguna decisión consciente. Simplemente ocurrió. Cuando la última campana sonaba en el colegio, sus pasos dejaban de pertenecerle; tomaban un rumbo propio, inevitable, como si algo dentro de él ya supiera a dónde debía ir.
La cancha.
Siempre la cancha.
Kaoru jugaba vóleibol. No destacaba por fuerza ni por técnica, pero había algo en su forma de moverse que lo detenía todo. La manera en que se concentraba antes de recibir el balón, el leve gesto de sus labios cuando lograba devolverlo, esa sonrisa breve que parecía más para ella que para el resto… eran detalles mínimos, casi invisibles para cualquiera. Para Ren, en cambio, lo eran todo.
Se sentaba siempre en el mismo lugar, como si aquel espacio le perteneciera. Como si, sin saberlo, lo hubiese reclamado desde el primer día en que decidió quedarse a mirarla.
—Otra vez aquí —le dijo Hiko una tarde, dejándose caer a su lado con exagerado cansancio.
Ren no apartó la mirada de la cancha.
—¿Qué?
—Nada… —respondió Hiko, observándolo de reojo—. Solo digo que, si empiezan a cobrar entrada, ya estás en bancarrota.
Ren bufó, apenas.
Pero no se movió.
Cuando los entrenamientos terminaban, no hacía falta buscarse. Kaoru caminaba hacia la salida, y Ren, de alguna forma, ya estaba ahí. No se llamaban. No se esperaban de manera evidente. Simplemente coincidían.
Y desde ahí… el camino se volvía uno solo.
Al principio hablaban de cualquier cosa: tareas, profesores, historias inventadas que no llevaban a ningún lugar. Con el tiempo, las palabras comenzaron a espaciarse hasta que, sin darse cuenta, aprendieron a caminar en silencio. No un silencio incómodo, sino uno compartido, cálido, que no exigía nada.
A veces, Hiko los alcanzaba a mitad de trayecto.
—Qué romántico todo —decía, fingiendo un suspiro dramático—. ¿Quieren que les traiga flores también?
Ren lo empujaba sin demasiada fuerza.
Kaoru sonreía, bajando la mirada.
Y nadie lo negaba.
El camino rara vez terminaba donde debía. Siempre había un desvío casi automático, como si ambos lo esperaran sin decirlo.
El parque.
Ahí el tiempo se volvía liviano otra vez. Jugaban a esconderse incluso cuando ya no correspondía hacerlo, inventaban historias absurdas que cambiaban a mitad de camino, competían por ver quién resistía más en el columpio antes de saltar. Cosas pequeñas. Repetidas. Suficientes.
—Si siguen así, se van a casar —decía Hiko más de una vez, riéndose de su propia broma.
—Cállate —respondía Ren, sin convicción.
—Yo no lo niego —insistía él.
Kaoru nunca decía nada.
Pero tampoco se iba.
Y así, sin darse cuenta, comenzaron a formar parte del día del otro. No como algo extraordinario, sino como algo esperado. Necesario.
El cumpleaños llegó en medio de esa rutina, como una pausa distinta dentro de algo que ya parecía permanente. La casa estaba llena de ruido, música demasiado alta, globos mal inflados y conversaciones que se cruzaban sin sentido. Ren no tenía interés en estar ahí.
Hasta que la vio.
Kaoru estaba cerca de una ventana, con el cabello suelto cayendo con naturalidad sobre sus hombros. No había nada particularmente llamativo en su apariencia, pero tampoco hacía falta. Para Ren, nunca lo había hecho.
—No la mires tanto —murmuró Hiko a su lado.
—No estoy mirando.
—Claro que sí.
Ren no respondió.
Porque sí lo estaba haciendo.
Las horas pasaron sin dejar huella, diluidas entre juegos y risas que no significaban nada. Hasta que alguien propuso algo distinto, algo que cambió el ritmo del ambiente con una simple palabra.
La botella.
Se sentaron en círculo. Algunos reían con nerviosismo, otros exageraban una seguridad que no tenían. Era un juego sencillo, pero cargado de una tensión nueva, incómoda.
—Si te toca, respira antes de morir —susurró Hiko.
—Idiota.
Pero las manos de Ren ya no estaban relajadas.
La botella giró una vez, luego otra. Besos rápidos, torpes, seguidos de risas que buscaban esconder la incomodidad. Nada importante. Nada que permaneciera.
Hasta que volvió a girar.
Y se detuvo.
Frente a Ren… estaba Kaoru.
El ruido no desapareció, pero se volvió lejano, como si alguien hubiese bajado el volumen del mundo. Todo parecía suspendido en un instante que ninguno de los dos sabía cómo atravesar.
—Es solo un juego… —dijo alguien.
Pero no lo era.
No para ellos.
Ren se inclinó primero, con una torpeza que no pudo disimular. Cada pequeño movimiento parecía más consciente de lo normal, más pesado. Kaoru no retrocedió. Cerró los ojos, despacio, como si ese gesto fuera suficiente para sostener lo que venía.
El beso fue apenas un roce.
Breve. Tímido. Inexperto.
Pero en ese contacto mínimo hubo algo que no había estado antes. Un leve temblor, una pausa en el aire, un instante que se alargó más de lo que debería haber durado.
Y en ese segundo… todo cambió.
Cuando se separaron, ninguno habló. Kaoru bajó la mirada, pero una sonrisa suave se dibujó en sus labios. Ren, en cambio, no sabía dónde poner lo que sentía. Era demasiado nuevo, demasiado grande para entenderlo.
—¡Eso fue horrible! —rompió Hiko, levantando la voz—. ¡Necesitan práctica urgente!
Las risas regresaron. El mundo volvió a su lugar.
Pero ya no era el mismo.
Más tarde, cuando la casa quedó atrás y el aire nocturno enfrió el ambiente, caminaron juntos como siempre. Las mismas calles, el mismo recorrido… pero algo había cambiado. El silencio ya no era solo cómodo. Ahora tenía peso.