Ren se preparó como cada mañana, siguiendo una rutina que hasta entonces nunca había cuestionado. El uniforme perfectamente acomodado, los cuadernos dentro de la mochila, los zapatos alineados junto a la puerta. Todo estaba en su lugar, como si el mundo funcionara bajo reglas simples e inmutables. Antes de salir, sin embargo, se detuvo un instante. Sus dedos buscaron el colgante que descansaba sobre su escritorio y, con un cuidado casi reverente, se lo colocó alrededor del cuello. Al hacerlo, no pudo evitar sostenerlo unos segundos contra su pecho, como si aquel pequeño objeto tuviera la capacidad de anclarlo a algo más grande, algo que no alcanzaba a comprender del todo. Respiró hondo y salió de casa.
El colegio lo recibió con la misma normalidad de siempre, una rutina que, ese día, le resultó extrañamente ajena. Al entrar a la sala encontró a Hiko en su asiento, balanceándose con esa energía inquieta que parecía no abandonarlo nunca. Intercambiaron unas pocas palabras, ligeras, casi automáticas, pero Ren no estaba realmente ahí. Su mirada se dirigió de inmediato hacia el asiento de Kaoru.
Vacío.
Al principio no le dio mayor importancia. Podía llegar tarde. Podía haberse retrasado. Pero a medida que los minutos avanzaban y la clase comenzaba, esa ausencia empezó a tomar forma, a ocupar un espacio mucho más grande que una simple silla desocupada. Ren intentó concentrarse en la voz del profesor, en las palabras escritas en la pizarra, pero todo se deshacía antes de llegar a él. Algo en su interior se tensaba lentamente, como una cuerda que alguien tiraba sin detenerse.
Entonces la puerta se abrió.
La inspectora entró con un paso contenido, pero apurado. Se acercó a la profesora y le susurró algo al oído. Ren no escuchó las palabras, pero sí vio el cambio. Fue mínimo, casi imperceptible, pero suficiente. El rostro de la profesora perdió su firmeza, su expresión se quebró en un gesto que no correspondía a una mañana cualquiera.
Cuando se giró hacia el curso, el silencio ya se había instalado por completo.
Dijo que había ocurrido un accidente.
Dijo que la familia de Kaoru había estado involucrada.
Dijo que Kaoru estaba en el hospital.
El resto se perdió.
Ren no supo en qué momento se puso de pie. Solo sintió que algo dentro de él se rompía con una violencia que no conocía. Su voz salió antes de poder contenerla, atravesando la sala con una desesperación cruda, infantil, imposible de ocultar. Preguntó qué le había pasado, lo repitió, como si al hacerlo pudiera obligar a alguien a darle una respuesta distinta, una que no doliera tanto.
Pero nadie la tenía.
Las lágrimas llegaron sin aviso, nublándole la vista, cortándole la respiración. Negó con la cabeza, una y otra vez, como si su cuerpo intentara rechazar lo que su mente no podía procesar. Y entonces corrió.
Salió de la sala, del pasillo, del colegio entero sin detenerse. Apenas escuchó a Hiko llamarlo detrás, siguiéndolo con preocupación, tratando de alcanzarlo, pero Ren ya no estaba conectado a nada de eso. Corría como si cada segundo importara, como si detenerse significara aceptar lo que acababa de escuchar.
El colgante golpeaba contra su pecho con cada paso, marcando un ritmo desordenado, insistente, como un recordatorio constante de algo que no quería perder.
Cuando llegó a su casa, empujó la puerta sin medir la fuerza. Llamó a su madre con la voz quebrada, urgente, y la encontró en la sala, conversando con una vecina. Ambas se giraron al mismo tiempo. Y en ese instante, sin que nadie dijera una sola palabra, Ren entendió.
Lo supo.
La pregunta salió igual, porque necesitaba escucharla, aunque temiera la respuesta. Su madre se acercó con una lentitud que solo hizo más pesado el momento y le confirmó lo que ya era inevitable: el accidente había sido real. Los padres de Kaoru no habían sobrevivido.
El impacto fue seco, absoluto. Ren sintió que el aire desaparecía, que el mundo entero se inclinaba en una dirección imposible. Preguntó por ella, aferrándose a esa única posibilidad, a ese único hilo que todavía no se rompía. Su madre le dijo que Kaoru estaba viva, pero en el hospital.
Eso bastó.
Le pidió que lo llevara. No como una petición razonada, sino como un ruego que nacía desde lo más profundo de su miedo. Su voz se quebró al insistir, al suplicar, como si en ese viaje se jugara algo que no podía nombrar, pero que sabía que era esencial. Su madre lo miró apenas un segundo antes de aceptar.
El trayecto hasta el hospital se sintió interminable. Ren permaneció en silencio, con la mirada perdida y los dedos aferrados al colgante, presionándolo contra su pecho como si fuera lo único que lo mantenía unido. Afuera, la ciudad seguía su curso, indiferente, ajena a la fractura que él estaba viviendo.
Cuando llegaron, el hospital los envolvió con su frialdad habitual, con ese olor limpio que no lograba ocultar el peso de lo que ocurría dentro. Su madre habló con el personal, explicó la situación, y finalmente un médico se acercó a ellos. Ren apenas podía quedarse quieto, cada palabra que escuchaba parecía llegar desde muy lejos, como si estuviera sumergido bajo el agua.
El médico explicó que Kaoru había sufrido un golpe fuerte en la cabeza, que su estado era estable, pero incierto. Que debían esperar. Que aún no despertaba. Que no sabían cómo evolucionaría.
Esperar.
La palabra cayó como una condena.
Ren preguntó si podía verla. La respuesta fue negativa. Necesitaba reposo, dijeron. No era recomendable. No ahora.
Otra barrera.
Otra distancia.
El médico añadió que Kaoru no sabía nada de lo ocurrido con sus padres, que un familiar estaba en camino. Todo parecía desarrollarse en un plano al que Ren no tenía acceso, como si su lugar hubiera sido desplazado de repente, como si ya no supiera dónde encajar en esa nueva realidad.
Aun así, lo dejaron acercarse hasta el pasillo, hasta una ventana desde la cual podía ver el interior de la habitación.