Siempre fuiste Tú. Cuando el amor regresa tarde

Capítulo 7- La desición

El silencio no duró.

No porque desapareciera… sino porque algo más entró a ocupar su lugar.

Ren seguía frente a la cama, inmóvil, como si el cuerpo se le hubiera quedado atrás y solo sus ojos continuaran allí, aferrados a ella. Kaoru lo miraba sin reconocerlo, con una calma extraña, ajena, como si lo que había dicho no tuviera el peso que sí tenía para él.

—…no te conozco.

Había sido así de simple.

Y suficiente.

Ren intentó hablar. No sabía qué decir. Su boca se abrió apenas, pero la voz no llegó. Se quedó atrapada en algún punto entre el pecho y la garganta, sin forma, sin salida.

Dio un paso.

Instintivo.

—Kaoru…

—No te acerques tanto.

No fue una orden.

Fue algo más frágil que eso.

Un reflejo.

Pero lo detuvo igual.

Ren se quedó donde estaba. No retrocedió… pero tampoco avanzó. Como si, por primera vez, no supiera qué hacer con la distancia.

Entonces, la puerta se abrió.

El sonido fue leve, pero suficiente.

La mujer entró sin prisa.

Elegante en cada movimiento, contenida, con esa clase de presencia que no necesita imponerse para hacerse sentir. Su mirada recorrió la habitación en un segundo: Kaoru en la cama, Ren de pie, la tensión suspendida entre ambos.

Y entendió.

No todo.

Pero lo suficiente.

Se acercó a la cama.

No habló de inmediato.

Primero tomó la mano de Kaoru, con cuidado, como si ese contacto fuera más importante que cualquier palabra.

—Kaoru… —dijo con suavidad—. Soy yo.

Kaoru la miró.

No hubo reconocimiento.

Pero tampoco rechazo.

Solo esa mirada vacía que buscaba algo donde afirmarse.

—Soy tu tía —añadió—. He estado contigo todo este tiempo.

Un pequeño silencio.

—…tía… —repitió Kaoru, en un susurro inseguro.

La mujer asintió levemente, sosteniendo su mano.

—Estoy aquí. Todo va a estar bien.

Kaoru tragó saliva. Sus ojos recorrieron la habitación, como si esperara que algo encajara, que alguna pieza regresara a su lugar.

Pero no ocurrió.

—¿Qué… me pasó? —preguntó.

La pregunta fue simple.

Pero abrió algo más grande.

La mujer no respondió de inmediato.

Por un instante… dudó.

Fue mínimo.

Pero estuvo ahí.

Sus dedos se tensaron apenas alrededor de los de Kaoru.

—Tuviste un accidente —dijo al final, con calma—. Fue fuerte… pero ya pasó. Estás a salvo.

Kaoru frunció ligeramente el ceño.

—¿Un accidente…?

—Sí. Tu cuerpo está respondiendo bien. Solo necesitas tiempo.

Ren dio un paso.

No pudo evitarlo.

—No fue solo eso —dijo, con la voz contenida—. Kaoru, tú—

La mujer giró el rostro hacia él.

No alzó la voz.

Pero su mirada cambió.

—Ahora no.

Ren se quedó quieto.

—Ella tiene derecho a saber —insistió, apenas.

El aire se tensó.

Kaoru los miró a ambos.

Confusión.

Algo más profundo que no alcanzaba a entender.

—¿Saber qué…? —preguntó.

La mujer volvió a mirarla.

Y decidió.

—Nada que deba preocuparte ahora —respondió con serenidad—. Lo importante es que estás aquí. Que estás bien.

No era mentira completa.

Pero tampoco verdad.

Ren bajó la mirada.

Sus manos se cerraron lentamente.

—No es así… —murmuró.

La mujer no respondió.

Kaoru sintió algo en el pecho.

Un tirón leve.

Una incomodidad que no sabía explicar.

Sus dedos se aferraron a la sábana.

Había algo.

Pero no podía alcanzarlo.

—¿Lo conozco? —preguntó, mirando a Ren.

La mujer apretó suavemente su mano.

—No —dijo con calma—. Quizás te está confundiendo con otra persona.

Las palabras fueron suaves.

Pero cerraron todo.

Kaoru asintió.

Porque no tenía nada con qué contradecirlo.

La mujer se incorporó apenas.

—Necesita descansar —añadió, mirando a Ren—. Ha sido suficiente por hoy.

El tono no cambió.

Pero no dejó espacio.

Ren entendió.

No porque quisiera.

Sino porque ya no tenía lugar.

Sus labios se separaron, como si aún quedara algo por decir… pero no lo dijo.

Sus ojos volvieron a Kaoru.

Un segundo.

Solo uno.

Buscando algo.

Pero no encontró nada.

—…está bien —murmuró.

Y se giró.

Cada paso hacia la puerta pesaba más que el anterior.

No miró atrás.

Porque si lo hacía…

no se iba a poder ir.

El pasillo lo recibió en silencio.

Frío.

Demasiado amplio.

Al fondo, Hiko seguía ahí.

No preguntó.

No habló.

Solo lo miró.

Y en ese cruce breve…

lo entendió todo.

Ren bajó la mirada.

Sus manos se cerraron.

Y esta vez…

no pudo sostenerlo.

Las lágrimas cayeron en silencio.

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La puerta se cerró.

Dentro de la habitación, el silencio volvió a asentarse.

La mujer no soltó la mano de Kaoru.

Esperó.

A que su respiración se estabilizara.

A que su cuerpo dejara de tensarse.

—Descansa —susurró—. Todo va a estar bien.

Kaoru asintió apenas.

Sus ojos comenzaron a cerrarse.

Lentos.

Pesados.

Y, por un instante…

algo se movió dentro de ella.

Una sensación.

Un vacío.

Como si algo importante se hubiera ido… sin dejar rastro.

Su ceño se frunció apenas.

Luego desapareció.

Como todo lo demás.

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Minutos después, la mujer salió de la habitación.

Su expresión había cambiado.

La calidez ya no estaba.

En su lugar…

había claridad.

Un médico se acercó.

—¿Familiar de la paciente?

—Sí —respondió—. Soy la hermana de su padre.

No hizo pausa.

—Necesito que restrinjan las visitas. No quiero que vuelva a entrar el joven que estaba aquí.

El médico dudó.

—Se veía cercano a la paciente…

—No lo es —interrumpió, con calma—. Y en este momento, lo último que ella necesita es confusión.




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