Ren volvió al hospital al día siguiente.
Y al siguiente.
Y al siguiente.
Al principio creyó que era un malentendido. Que bastaba con insistir, con explicar, con decir su nombre. Que alguien, en algún momento, entendería que él tenía que verla.
Pero no.
—No puedes pasar.
—La paciente está descansando.
—Órdenes médicas.
Las palabras cambiaban. El resultado no.
La primera vez discutió. La segunda suplicó. La tercera… ya no dijo nada. Solo se quedó de pie frente al mesón, con las manos apoyadas en el borde, los dedos tensos, blancos, como si sostenerse ahí evitara que algo dentro de él se quebrara.
A su lado, Hiko miraba en silencio, incómodo, sintiendo por primera vez que ninguna broma iba a servir.
—Tiene que haber otra forma —murmuró al salir, bajando las escaleras—. No pueden simplemente… dejarte afuera así.
Ren no respondió.
Caminaba unos pasos adelante, la mirada perdida, como si ya no estuviera completamente ahí.
—Podemos entrar por atrás —insistió Hiko—. O decir que somos familiares. O que tú eres primo o algo así. O—
—No —lo interrumpió Ren, sin detenerse.
No fue brusco.
Fue peor.
Fue vacío.
—
Volvieron igual.
Dos días después.
Hiko llevaba un plan que sonaba mejor en su cabeza que en la realidad.
—Escucha —susurró, agachado junto a una máquina de bebidas—. Caminamos normal. Como si supiéramos a dónde vamos. La gente segura no levanta sospechas.
Ren lo miró.
Por primera vez en días.
—Eso suena estúpido.
—Lo es —admitió Hiko—. Pero es lo único que tenemos.
Ren dudó.
Un segundo.
—Vamos.
Entraron.
Dieron tres pasos.
—¡Oigan!
La voz los clavó en el suelo.
Una enfermera los observaba desde el pasillo, con los brazos cruzados.
—¿A dónde creen que van?
Hiko reaccionó primero.
—Eh… baño.
—Por allá —respondió ella, señalando en dirección contraria—. Y después se van.
No hubo discusión.
No hubo intento.
Solo la sensación incómoda de haber sido niños intentando algo que les quedaba grande.
—
Esa noche, Ren no durmió.
El techo oscuro se extendía sobre él como algo inmóvil, demasiado grande para ignorarlo. Cada vez que cerraba los ojos, la escena volvía.
Kaoru.
Su voz.
Su risa.
Y después…
—¿Quién eres tú?
Abrió los ojos de golpe.
El pecho le dolía.
Giró sobre su lado, buscando aire, buscando algo que lo anclara.
Y entonces lo sintió.
El colgante.
Frío contra su piel.
Sus dedos lo encontraron con torpeza, como si no recordaran del todo cómo hacerlo.
Se quedó quieto.
Sosteniéndolo.
Y en ese instante, algo encajó.
Un golpe seco dentro de su mente.
—…soy un idiota.
Se incorporó de golpe.
Claro.
¿Cómo no lo había pensado antes?
El colgante.
Lo único que no había cambiado.
Lo único que podía devolverle algo.
Al día siguiente antes que sonara su reloj ya estaba de pie listo para salir. Al cerrar la puerta de su casa estaba él.
—Hiko…
Corrieron.
No hablaron mucho.
El aire frío les cortaba la cara mientras avanzaban, pero Ren apenas lo sentía. Todo estaba concentrado en un solo punto.
Llegar.
Solo eso.
Llegar.
—
—Creo que me voy a desmayar —dijo Hiko apenas cruzaron la entrada, llevándose una mano a la frente con dramatismo dudoso—. Todo está girando…
—Hazlo bien —murmuró Ren, sin mirarlo.
Hiko no respondió.
Simplemente… cayó.
Lo justo.
Lo suficiente.
—¡Niño! —una enfermera corrió hacia él—. ¿Estás bien?
—No veo… nada… —gimió, aferrándose al aire.
Funcionó.
El mundo se movió un poco.
Y en ese pequeño desorden, Ren se deslizó.
Corrió.
Sus pasos golpeaban el suelo con un eco seco, acelerado, como si el hospital entero pudiera oírlo.
Doblar.
Seguir.
No pensar.
El corazón le latía demasiado rápido.
Demasiado fuerte.
Pero no se detuvo.
Sabía el camino.
Siempre lo había sabido.
La puerta estaba ahí.
La misma.
La abrió sin detenerse.
Vacía.
La habitación estaba vacía.
No había ruido.
No había movimiento.
La cama estaba perfectamente hecha. Las sábanas tensas, sin una sola arruga, como si nadie hubiera estado ahí.
Como si nunca hubiera existido.
Ren no entró de inmediato.
Se quedó en el umbral, inmóvil, tratando de entender algo que su cuerpo rechazaba aceptar.
Dio un paso.
Luego otro.
El aire era distinto.
Más frío.
Más… lejano.
—Kaoru… —su voz salió apenas, rota antes de terminar de formarse.
No hubo respuesta.
Pero por un segundo…
La escuchó.
No de verdad.
No con los oídos.
Sino en ese lugar donde se guardan las cosas que ya no están.
Una risa leve.
Un “Ren”.
Un eco que no existía.
Parpadeó.
Y desapareció.
—Disculpa.
Ren giró lentamente.
Una enfermera estaba en la puerta.
—¿Buscas a la paciente de esta habitación?
No respondió.
No pudo.
La mujer lo miró un segundo más.
Y entendió.
—La dieron de ayer en la tarde —dijo, con una suavidad que no alcanzaba—. Su tía vino por ella.
Silencio.
—Se fue tranquila —añadió—. No preguntó por nadie.
Algo dentro de Ren se rompió.
Sin ruido.
Sin aviso.
—…¿se fue? —repitió, como si la palabra no le perteneciera.
—Sí —respondió la enfermera—. Su familia dijo que era mejor así. Se la llevaron… fuera de la ciudad.
Fuera.
La palabra quedó suspendida.
Lejos.
Irrecuperable.
Ren ya no la estaba mirando.
Sus piernas cedieron.
Cayó de rodillas junto a la cama, el impacto seco resonando en la habitación que ya no era de nadie.