Siempre fuiste Tú. Cuando el amor regresa tarde

Capítulo 9- Lo que queda en el tiempo

El tiempo no pasó.

Se acumuló.

Como polvo sobre un recuerdo que nadie se atrevía a tocar.

Veinte años.

No como una cifra… sino como capas. Días encima de días, decisiones sobre silencios, vida construida alrededor de algo que nunca terminó de irse.

Ren lo entendía.

No lo aceptaba… pero lo entendía.

La ciudad de Tokio se desplegaba frente a él en reflejos de vidrio y luz. Pantallas encendidas, tránsito constante, personas avanzando sin detenerse, como si cada segundo tuviera un peso que no podían darse el lujo de ignorar.

Todo se movía.

Todo cambiaba.

Todo seguía.

Menos eso.

Apoyado frente al ventanal de su oficina, en lo alto de un edificio corporativo, Ren observaba sin realmente mirar. Sus ojos estaban allí… pero no su atención.

Nunca lo estaba del todo.

—La reunión está lista.

La voz lo alcanzó desde la puerta.

Ren no respondió de inmediato. Se tomó un segundo más. Uno solo. Como si necesitara terminar algo que no tenía nombre.

—Voy —dijo al final.

Se giró.

Traje oscuro. Corte limpio. Presencia firme. Había algo en su postura que imponía orden incluso antes de hablar.

Había crecido.

Pero no hacia adelante.

Sino hacia adentro.

Gerente de proyectos en una de las empresas tecnológicas más importantes de Tokio. Metódico. Preciso. Con una mente que anticipaba errores antes de que existieran.

Eficiente.

Confiable.

Inquebrantable… en apariencia.

Las reuniones no cambiaban.

Nunca lo hacían.

Plazos. Resultados. Métricas. Decisiones que debían tomarse rápido, sin espacio para dudas innecesarias.

Ren hablaba con claridad, sin levantar la voz. No necesitaba hacerlo. Su forma de ordenar las ideas era suficiente.

—Si ajustamos la arquitectura ahora, evitamos fallos a mediano plazo —dijo, señalando la pantalla—. No es una mejora. Es una corrección anticipada.

Asentimientos.

Notas.

Silencios que confirmaban más que las palabras.

Todo encajaba.

Siempre encajaba.

Y aun así…

había algo que nunca encontraba su lugar.

Cuando la sala quedó vacía, Ren permaneció sentado unos segundos más.

Mirando la pantalla apagada.

Su reflejo.

Difuso.

Como si incluso eso… se negara a definirse por completo.

El día terminó sin dejar marca.

Como la mayoría.

Cuando salió del edificio, el cielo ya comenzaba a apagarse. Tokio cambiaba de rostro con la caída del sol, encendiendo luces como si se negara a quedarse a oscuras.

Ren no vivía ahí.

Nunca quiso.

Su hogar estaba en una pequeña ciudad a las afueras. Más silenciosa. Más lenta. Más cercana a algo que no sabía nombrar… pero que necesitaba.

Vivía solo.

Rutinas simples.

Días ordenados.

Trabajo en la ciudad.

Y algunas tardes…

desaparecía.

El gimnasio olía a madera gastada y a aire en movimiento.

El eco del balón golpeando el suelo se repetía con una precisión casi hipnótica.

—No lo golpees —dijo Ren, con voz baja—. Acompáñalo.

La joven ajustó la postura. El siguiente intento fue más limpio. Más natural.

El balón cruzó la red.

Ren asintió apenas.

No sonrió.

Nunca lo hacía ahí.

Retrocedió un paso. Brazos cruzados. Observando.

Siempre observando.

El ritmo.

El movimiento.

La repetición.

Y por un instante…

algo se desalineó.

El sonido cambió.

No en el aire.

En él.

El balón elevándose.

La red tensándose.

Y una imagen… que no pertenecía a ese lugar.

Cabello oscuro moviéndose con el salto.

Ojos brillando antes del impacto.

Una risa que no estaba ahí… pero que tampoco se había ido.

Ren parpadeó.

La escena se quebró.

—Otra vez —dijo.

Más bajo esta vez.

Como si también se lo dijera a sí mismo.

El tren avanzaba con su ritmo constante, cortando la ciudad en trayectos exactos. Personas subiendo, bajando, viviendo fragmentos de vida que nunca se cruzaban del todo.

Ren miraba su reflejo en la ventana.

Por un segundo…

no vio al hombre.

Vio al niño.

El que corría sin pensar en el tiempo.

El que esperaba.

El que creía que algunas cosas… eran para siempre.

Parpadeó.

Y desapareció.

—Sigues poniendo esa cara cuando piensas demasiado.

Ren no necesitó girar de inmediato para saber quién era.

Hiko.

Veinte años habían pasado, pero en él el tiempo había dejado marcas distintas. Su sonrisa seguía intacta. Más contenida… pero real.

Como si se hubiera negado a perder eso.

—Pensé que hoy no vendrías —dijo Ren.

—¿Y perderme tu clásica crisis existencial silenciosa? Ni lo sueñes.

Ren no respondió.

Pero algo en su expresión… cedió apenas.

Hiko se sentó a su lado, estirando las piernas.

Silencio.

Familiar.

Cómodo.

—¿Día largo? —preguntó.

—Normal.

—Eso es peor.

Una exhalación leve escapó de Ren. No era risa… pero tampoco era vacío.

—¿Y tú?

—Sobreviví. Nivel experto.

Otra pausa.

La ciudad respirando alrededor.

—Han pasado veinte años —dijo Hiko, sin mirarlo.

Ren bajó la mirada.

No necesitaba pensar la respuesta.

—Lo sé.

—No parece.

El silencio se tensó.

No incómodo.

Honesto.

—Hay cosas que no cambian —dijo Ren.

Hiko giró apenas hacia él.

—No… —respondió—. Hay cosas que uno no deja cambiar.

El golpe fue limpio.

Sin ruido.

Ren cerró los ojos un segundo.

Y ahí estaba.

No como recuerdo.

Como presencia.

Como algo que el tiempo nunca logró tocar.

La noche terminó de caer.

Las luces a lo lejos parecían suspendidas en el aire, como si la ciudad hubiera decidido inventar su propio cielo.

Ren se levantó.

—Nos vemos mañana.




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