Siempre fuiste Tú. Cuando el amor regresa tarde

Capítulo 11- Lo que el cuerpo recuerda

La ciudad se extendía bajo el cristal con una precisión que no admitía errores, como si cada edificio, cada calle y cada desplazamiento respondieran a un orden que no podía quebrarse. Desde esa altura, Tokio no hacía ruido. No porque estuviera en silencio, sino porque todo en ella parecía haber aprendido a moverse sin necesidad de hacerse notar.

Kaoru permanecía de pie frente al ventanal, con la mirada sostenida en un punto que no terminaba de existir del todo. No estaba pensando en algo concreto. No había una idea clara, ni una emoción que pudiera nombrar. Solo esa sensación tenue, persistente, como si algo dentro de ella estuviera a punto de emerger y, sin embargo, se negara a hacerlo.

Cuando su asistente habló, lo hizo con la naturalidad de quien entiende los silencios y sabe exactamente cuándo puede interrumpirlos sin romperlos. La cartera de proyectos estaba lista. Todo podía revisarse cuando ella lo indicara. Kaoru no respondió de inmediato. Sus dedos se deslizaron apenas sobre el vidrio, buscando una referencia que no encontraba en otra parte. Quería verlos todos. Sin filtro. Sin interpretaciones.

—Coordínelo.

La palabra salió simple, pero al mismo tiempo arrastraba algo más.

El nombre llegó después.

Ren.

No hubo reacción visible. Ningún gesto que pudiera delatar lo que ocurrió en ese instante. Pero dentro de ella, algo se desplazó. No fue un recuerdo. No fue una imagen. Fue una interferencia. Breve. Seca.

Un golpe.

Como algo impactando contra una superficie dura.

Kaoru parpadeó.

El sonido desapareció antes de poder sostenerlo.

Aceptó.

El teléfono sonó en el escritorio de Ren con una insistencia que no exigía urgencia, pero tampoco permitía ser ignorada. Lo dejó sonar más de lo habitual, como si necesitara ese pequeño margen antes de responder. Cuando lo hizo, la información llegó sin rodeos: la directora general quería verlo. Treinta minutos. Sala de directorio.

Repitió el tiempo en su mente, no por necesidad, sino porque algo en su interior parecía requerir ese orden artificial. Al colgar, no soltó el teléfono de inmediato. Permaneció inmóvil unos segundos, con la mirada baja, sintiendo una tensión que no lograba ubicar del todo.

Treinta minutos.

No era una reunión distinta a otras. No había nada extraordinario en ello. Y, sin embargo, su cuerpo no respondía como siempre. Se puso de pie con un movimiento contenido, ajustándose la camisa en un gesto que no terminó de ser preciso. Corrigió. Respiró.

Tomó aire… y lo sostuvo más de lo necesario.

Por un instante olvidó qué venía después.

Parpadeó.

Exhaló.

Tomó su laptop y salió.

La sala de directorio lo recibió con una perfección que rozaba lo incómodo. La luz entraba sin interferencias, la mesa estaba impecable, el aire parecía inmóvil. Ren dejó su laptop y comenzó a preparar la presentación con movimientos medidos. El cable del proyector no encajó a la primera. Se detuvo.

Un segundo.

Tal vez dos.

Como si ese error mínimo tuviera un peso mayor al que debía.

Lo intentó de nuevo.

Encajó.

Pero su pulso no volvió del todo a su ritmo.

Cuando le informaron que Ren ya estaba esperando, Kaoru cerró la carpeta frente a ella con un gesto contenido. El nombre volvió a aparecer, ya no como algo aislado, sino como una presencia que insistía sin explicación. No lo cuestionó. No lo analizó. Simplemente avanzó hacia la puerta.

Su mano se detuvo antes de abrir.

Y entonces volvió.

El mismo sonido.

Más claro.

Un impacto seco.

Algo cayendo.

Su respiración se alteró apenas.

Luego desapareció.

Abrió.

Ren se giró al escuchar la puerta y algo en el tiempo perdió precisión. No se detuvo, pero dejó de fluir con normalidad. El saludo llegó tarde, lo suficiente para que ninguno lo ignorara del todo.

—Señorita Kaoru.

—Señor Ren.

Formal. Correcto.

Vacío.

Tomó asiento y le indicó que comenzara. Ren lo hizo. La presentación avanzó con orden: cifras, proyecciones, estructuras. Su voz se mantenía firme, sostenida por la costumbre, pero en su interior había pequeñas fisuras que no lograba cerrar del todo.

Kaoru intentó concentrarse. Por momentos lo consiguió. Pero algo en la forma en que él hablaba desviaba su atención hacia otro lugar.

No era memoria.

Era reconocimiento.

—¿Siempre presenta así?

La pregunta salió sin intención aparente.

Ren levantó la mirada.

—¿Así?

Kaoru sostuvo el silencio.

—Claro.

No explicó.

Pero no dejó de observarlo.

Y entonces apareció.

No como imagen.

Como sensación.

Un rebote.

Un impacto contra algo duro.

Un eco.

Su mano se tensó.

—Deténgase.

Señaló el proyecto.

—Quiero ver ese proyecto con más detalle.

Ren asintió, pero tardó una fracción de segundo más de lo normal.

—Puedo llamar a mi supervisor si gusta… Hiko—. Estamos trabajando en conjunto y él tiene mayor información que puede ser de importancia.

El nombre no terminó de asentarse.

El golpe fue más fuerte.

Un balón.

Un impacto.

El sonido contra el rostro.

Una caída.

Kaoru cerró los ojos.

Demasiado rápido.

—¿Se encuentra bien?

—Continúe.

Pero su voz no estaba del todo ahí.

Algo se había movido.

Y no regresó.

La reunión siguió.

Pero ya no era la misma.

Cuando terminó, el silencio se instaló sin aviso, ocupando cada espacio que ninguno de los dos llenó. Kaoru levantó la mirada.

—Ren…

El nombre salió antes de pensarlo.

Él la miró.

Y esta vez no apartó la mirada de inmediato.

Hubo algo.

Breve.

Suficiente.

—Nada.

Ella lo cortó.

Pero no lo cerró.

Pidió revisar el proyecto. Más detalle. Material completo. Ren asintió.

—Llamaré a Hiko.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.