Siempre fuiste Tú. Cuando el amor regresa tarde

Capítulo 12- Lo que no encaja

La sala de directorio no admitía errores. El vidrio devolvía la luz sin distorsión, las superficies estaban alineadas con una precisión que no dejaba espacio para lo imprevisto. Afuera, la ciudad seguía su curso. Adentro, todo parecía contenido en una calma que no pertenecía del todo a nadie.

Ren estaba de pie.

No miraba a nadie.

El control en su mano no pesaba, pero lo sostenía con una firmeza innecesaria, como si necesitara confirmar que algo, al menos algo, seguía bajo control. Frente a él, la presentación esperaba. Todo estaba listo. Todo ordenado. Y aun así, había una leve presión en el pecho que no lograba ubicar.

La puerta se abrió.

Hiko entró primero, más rápido de lo habitual, como si hubiera llegado antes de terminar de estar listo. Su mirada recorrió la sala sin fijarse en ningún punto concreto. Se detuvo apenas junto a Ren, demasiado cerca, demasiado pronto.

Y entonces—

La puerta volvió a abrirse.

Kaoru regresó.

No hizo ruido. No lo necesitó. Su presencia se instaló en la sala con una naturalidad que no dependía del entorno, como si ese lugar se ajustara a ella y no al revés. Caminó hasta su asiento con la misma precisión que el resto del espacio exigía, pero había algo en su mirada… un leve desfase, una fracción de segundo donde parecía no estar completamente ahí.

Ren no giró.

Pero lo sintió.

Como si su cuerpo reconociera algo antes que su mente.

Avanzó una diapositiva.

Y comenzó.

Su voz fue estable. Técnica. Correcta. Explicó el desarrollo regional como estaba previsto, sin desviarse, sin dudar. Las cifras encajaban. Los tiempos también. Todo funcionaba.

Menos lo que quedaba entre una frase y otra.

Kaoru observaba.

No la pantalla.

A él.

No sabía por qué.

No había un recuerdo claro, ni una idea concreta que justificara esa atención. Solo una sensación leve, insistente, como si algo en Ren no terminara de pertenecer a ese momento.

—…con esto podríamos iniciar la fase piloto en un plazo de tres meses.

El silencio se sostuvo lo justo.

—No.

No hubo énfasis.

No hizo falta.

Ren se detuvo.

—Quiero que esto se implemente a la brevedad —dijo Kaoru—. Mañana. Necesito una propuesta de implementación mañana.

No sonaba como presión.

Sonaba como otra cosa.

Algo que no encajaba con el proyecto.

Ren no respondió.

No de inmediato.

—Yo…

La palabra no encontró continuidad.

Hiko se inclinó apenas.

—No vamos a poder… —susurró—. Las niñas del voleyball… hoy entrenábamos.

La palabra cayó sin intención.

Pero no pasó de largo.

Kaoru parpadeó.

Una vez.

No fue un recuerdo. No todavía. Fue una sensación que llegó antes de tener forma: un ruido lejano, algo que se movía sin terminar de aparecer. Su mano subió a la sien con naturalidad, como si ese gesto hubiera existido antes.

Voleyball.

No sabía por qué dolía.

Respiró.

—Entonces…

Se detuvo.

La palabra quedó suspendida, sin dirección.

Durante un instante que no alcanzó a medirse, su mirada volvió a Ren. No como quien observa. Como quien intenta ubicar algo que no está donde debería.

Algo no coincidía.

No en la sala.

En ella.

Parpadeó.

Bajó la mirada.

—Entonces mañana —corrigió.

La frase salió completa esta vez, pero no igual.

Ren se movió antes de pensar.

Pisó a Hiko por debajo de la mesa.

Fuerte.

Hiko contuvo la reacción, apenas un gesto en el rostro, como si hubiera entendido tarde que había dicho algo que no debía.

—Cállate —murmuró Ren.

Sin mirarlo.

Levantó la vista.

Y la vio.

—No hay problema —dijo—. Tendrá la propuesta mañana.

No era una respuesta.

Era una forma de cerrar algo que no sabía cómo dejar abierto.

Kaoru sostuvo su mirada.

Un segundo.

Dos.

Había algo en esa certeza que no correspondía al momento. No era eficiencia. No era compromiso.

Era otra cosa.

Algo que no lograba ubicar, pero que la incomodaba más de lo necesario.

No apartó la mirada de inmediato.

Como si, por un instante, hubiera esperado reconocerlo.

No ocurrió.

—Perfecto —dijo.

El control volvió a su voz.

Pero no del todo.

La presión en la sien seguía ahí, más leve, más profunda.

Ren continuó.

Las diapositivas avanzaron. Los números volvieron a tener sentido. La estructura se sostuvo. Y aun así, algo había cambiado. No en el contenido.

En la forma en que el aire permanecía entre ellos.

Hiko no volvió a hablar.

Se acomodó en la silla, más rígido, mirando a Ren de reojo, como si intentara entender en qué momento la conversación había dejado de ser normal.

Nadie lo dijo.

Pero la sala ya no estaba intacta.

El teléfono vibró.

El sonido fue limpio.

Preciso.

Kaoru lo miró.

Dudó apenas.

Respondió.

—Disculpen…

No se levantó del todo.

—Hola…

Su voz cambió.

No en volumen.

En cercanía.

—Amor… ¿ya llegaste a Japón?

Ren no se detuvo.

No levantó la vista.

No corrigió nada.

Pero, por un instante casi imperceptible, la siguiente frase tardó en salir medio segundo más de lo necesario.

Nada más.

Suficiente.

Apretó el control.

Siguió.

Como si todo siguiera en su lugar.

Como si no hubiera escuchado.

Como si no hubiera entendido.

Y sin embargo, en algún punto que no podía nombrar, algo dentro de él dejó de encajar con el resto.

No había llegado tarde.

Había llegado cuando ya no había espacio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.