El balón golpeaba el suelo con un ritmo constante que se mezclaba con las voces jóvenes del gimnasio, con risas livianas que todavía no saben lo que cuesta sostener algo cuando el tiempo empieza a cobrarlo todo. Las zapatillas chirriaban contra la madera y el aire estaba cargado de ese esfuerzo imperfecto que solo existe cuando aún se juega sin miedo a perder. Ren observaba desde un costado, con los brazos cruzados, corrigiendo lo justo, dejando que el movimiento siguiera su curso, aunque en el fondo sabía que había cosas que, una vez que se desordenan, ya no vuelven a encajar igual.
—Más arriba —dijo con calma—, no lo regales.
El balón se elevó otra vez y él lo siguió con la mirada, pero no por mucho tiempo. Algo se desplazó dentro de él, apenas un desajuste, lo suficiente para que la escena perdiera peso y otra comenzara a filtrarse sin pedir permiso. La cancha cambió sin cambiar del todo. Más pequeña. Más lejana. Kaoru apareció ahí, con esa claridad incómoda de lo que nunca se fue realmente: el cabello moviéndose antes del salto, la tensión mínima en los hombros, la forma en que insistía incluso cuando fallaba. No era perfecta. Nunca lo fue. Pero volvía a intentarlo como si eso bastara para corregirlo todo.
Y él… siempre en las gradas.
Siempre un poco más atrás de lo que habría querido admitir.
Siempre mirando como si esa distancia no fuera, en el fondo, una forma de fallar.
Había querido decir algo. Más de una vez. Bajarse. Acercarse. Cambiar el lugar desde donde la veía. Nunca lo hizo. Y ahora, incluso en el recuerdo, esa decisión seguía pesando como algo que no podía corregirse.
El balón volvió a subir.
Ren no lo vio.
—¡Profe, cuidado!
No alcanzó.
El impacto fue directo, seco, preciso en su distracción, como si el momento hubiera estado esperando exactamente ese descuido. El golpe lo sacó de la memoria con violencia y lo obligó a retroceder un paso, con el aire detenido a medio camino. El mundo regresó demasiado rápido. Hubo un silencio breve, apenas sostenido, antes de que la risa apareciera, primero contenida, luego inevitable, expandiéndose por la cancha como algo que no necesitaba permiso.
Ren se llevó la mano al rostro, cerrando un ojo mientras el dolor comenzaba a asentarse con una claridad que no admitía dudas.
—Estoy bien… —murmuró, aunque no lo estaba del todo.
Una de las chicas se acercó, disculpándose entre risas, y él asintió sin mirarla.
—Buen golpe.
Desde la banca, Hiko inclinó levemente la cabeza, observándolo con esa mezcla de ironía y certeza que no dejaba espacio para interpretaciones.
—Eso pasa cuando uno mira donde no corresponde.
Ren no respondió. No porque no tuviera qué decir, sino porque lo que habría tenido que decir no pertenecía a ese lugar. Su mirada no volvió de inmediato a la cancha. Se quedó un segundo más allá, sostenida en un punto vacío que ya no estaba ahí… o que tal vez nunca se había ido.
A la mañana siguiente, el moretón ya no dejaba espacio para disimulos. Oscuro, definido, imposible de ignorar. Ren lo observó en el espejo durante unos segundos, como si evaluara si valía la pena ocultarlo, pero terminó saliendo así, sin corregir nada, cargando con algo que no tenía una explicación simple.
La sala de directorio tenía un silencio distinto, más contenido, más limpio, como si todo ahí dentro estuviera diseñado para no mostrar fisuras. Yoshiro revisaba unos documentos de pie cuando ellos entraron, mientras Kaoru permanecía sentada, concentrada en una carpeta, con esa quietud que no era ausencia, sino control. Todo en ella parecía en su lugar. Exacto. Medido.
—Buenos días —dijo Ren.
Yoshiro levantó la mirada y se detuvo apenas en su rostro, lo suficiente para notar el golpe, para registrar la anomalía sin necesidad de profundizar. Una leve sonrisa apareció, sin juicio.
—¿Qué te ocurrió?
Ren sostuvo la mirada un instante antes de responder.
—No es nada, señor.
—Nada —repitió Hiko, avanzando con naturalidad—. Estaba entrenando a las chicas de volleyball… pero parece que estaba más atento a otra cosa, porque no vio el balón que venía directo a su cara.
Ren giró apenas el rostro, tarde, como siempre llegaba tarde a ciertas cosas. La risa de Yoshiro fue baja, contenida, sin burla.
—Eso explica bastante.
Ren desvió la mirada. No por vergüenza, sino porque sostenerla implicaba reconocer algo que no podía nombrar.
—Espero que haya valido la pena —añadió Yoshiro.
Ren no respondió. Había decisiones que, una vez tomadas, no podían justificarse sin admitir lo que se había perdido en el camino.
Fue entonces cuando algo se quebró en silencio.
Kaoru levantó la mirada, no de inmediato, sino como si algo la hubiera empujado desde un lugar que no controlaba, una incomodidad leve, casi imperceptible, que no terminaba de encontrar forma. Sus ojos se detuvieron en Ren, en el moretón, en la historia incompleta que flotaba en la sala, y algo dentro de ella reaccionó antes de que pudiera entenderlo.
No fue un recuerdo claro.
Fue una fractura.
Una cancha.
El sonido del balón golpeando.
Una caída.
Sus manos contra el suelo.
El impacto en la cabeza.
Un latido fuera de lugar.
Y las gradas.
Lejanas.
Oscuras.
No podía ver el rostro.
Pero había alguien ahí.
Y no se movía.
Como si hubiera estado siempre.
Esperando.
Pero no a ella.
Kaoru llevó su mano a la sien y el dolor apareció sin transición, más profundo, más invasivo, como si no viniera de ese momento, sino de algo anterior que no recordaba haber vivido. El mundo se estrechó un segundo, lo suficiente para que la respiración se desacomodara.
—Kaoru.
La voz de Yoshiro cambió de inmediato, más cercana, más tensa.
El presente volvió de golpe.
—Estoy bien —dijo ella, aunque su mano no se movió.
Yoshiro ya estaba a su lado.