La hoja temblaba apenas entre los dedos de Kaoru Takahasi, aunque ella hacía todo lo posible por mantenerse inmóvil frente al escritorio del médico.
En la pantalla todavía seguía abierta la ficha médica.
Su nombre.
Una atención de urgencia registrada años atrás en Japón.
Accidente automovilístico.
Tratamiento neurológico.
Seguimiento psicológico infantil.
Y una fecha que ella no recordaba haber vivido.
El médico volvió a mirarla con cautela.
—¿Se encuentra bien?
Kaoru tardó unos segundos en responder. Sentía el ruido del mundo extrañamente lejano, como si todo estuviera ocurriendo detrás de un vidrio.
—Sí… sólo me sorprendió.
El médico asintió lentamente.
—Por lo que veo, usted fue atendida en un hospital japonés después de un accidente bastante grave cuando era niña. Después del tratamiento, los registros desaparecen del sistema. Eso suele pasar cuando hay cambios internacionales de residencia o traslados administrativos antiguos.
Kaoru tragó saliva.
Niña.
La palabra le dejó un vacío extraño en el pecho.
Porque no podía recordar nada.
Absolutamente nada.
Ni el hospital.
Ni el accidente.
Ni Japón.
Y aun así… algo dentro de ella reaccionaba.
Como si su cuerpo sí lo recordara.
Bajó lentamente la mirada hacia la ficha.
—¿Puedo pedir una copia del historial?
—Claro.
Mientras el médico imprimía los documentos, Kaoru permaneció sentada mirando por la ventana de la consulta. Afuera, Tokio seguía avanzando con absoluta normalidad bajo la luz fría de la mañana.
Personas caminando.
Autos.
Semáforos.
Rutina.
Todo seguía igual.
Excepto ella.
Porque sentía que algo acababa de romperse silenciosamente dentro de su cabeza.
Cuando salió de la clínica, el aire frío de la mañana le golpeó el rostro con suavidad. Bajó las escaleras todavía abrazando el sobre contra su pecho y vio el automóvil esperándola frente a la entrada.
El chofer abrió la puerta apenas la vio acercarse.
—¿A la oficina, señorita Kaoru?
Ella tardó un segundo en responder.
—Sí…
Subió lentamente al vehículo y apoyó el sobre médico sobre sus piernas mientras la ciudad comenzaba a moverse detrás de las ventanas.
El teléfono vibró.
Yoshiro Adewaki.
Kaoru cerró los ojos apenas un instante antes de responder.
—¿Cómo te fue? —preguntó él desde Estados Unidos—. ¿Qué dijo el médico?
Ella observó su reflejo sobre el vidrio oscuro del automóvil.
Por un momento pensó en decirle la verdad.
Decirle que existía un pasado suyo enterrado en Japón.
Decirle que sentía miedo.
Pero las palabras nunca llegaron.
—Todo bien —mintió suavemente—. Dice que el estrés me está pasando la cuenta. Me dio unas pastillas y recomendó descansar un poco más.
Yoshiro suspiró aliviado.
—Te lo dije. Has estado trabajando demasiado.
Kaoru sonrió apenas.
Una sonrisa cansada.
Vacía.
Hablaron unos minutos más sobre reuniones pendientes y el proyecto, pero ella dejó de escucharlo realmente después de un momento. Sus dedos seguían aferrados al sobre médico como si temiera perderlo.
Cuando cortó la llamada, el teléfono volvió a vibrar.
Esta vez era Ren Nakamura.
¿Fuiste al médico?
Nada más.
Kaoru leyó el mensaje dos veces.
Y algo dentro de ella se tensó sin explicación.
No respondió.
Guardó el teléfono dentro del bolso y apoyó lentamente la cabeza contra el asiento mientras el automóvil avanzaba hacia la oficina.
Pero incluso ahí, encerrada en el silencio elegante del vehículo, la sensación no desaparecía.
Había algo roto dentro de ella.
Y recién comenzaba a notarlo.
Cuando llegó al edificio, el mundo seguía funcionando exactamente igual que siempre.
Personas caminando entre escritorios.
Teléfonos sonando.
Reuniones.
Pantallas iluminadas.
Todo demasiado normal.
Ren fue el primero en verla entrar al piso principal. Levantó apenas la mirada desde su escritorio y observó cómo ella atravesaba el área sin detenerse hasta desaparecer dentro de su oficina.
A unos metros, Saori notó inmediatamente la forma en que Ren la siguió con la vista.
Y la expresión de su rostro cambió apenas un instante.
Sólo un instante.
Pero suficiente.
Ren terminó entrando a la oficina de Kaoru algunos minutos después.
Cerró la puerta suavemente detrás de él.
—¿Cómo te fue?
Kaoru levantó la vista desde unos documentos que ni siquiera estaba leyendo realmente.
—Bien. Sólo estrés.
Ren frunció apenas el ceño.
—¿Eso es todo?
—Sí. El médico dice que debo tomar las pastillas más seguido.
Intentó sonar tranquila.
Pero incluso ella pudo notar que su voz no estaba completamente firme.
Ren permaneció observándola unos segundos más de la cuenta.
Como si sintiera que algo no encajaba.
Pero finalmente decidió no insistir.
—Voy a planificar otro viaje a Kanagawa para supervisar el avance final del proyecto.
Kaoru levantó apenas la mirada.
—¿Vas a ir solo?
La pregunta salió demasiado rápido.
Demasiado natural.
Y justo entonces la puerta volvió a abrirse.
Saori apareció sosteniendo una carpeta entre las manos.
—No. Iremos juntos.
El silencio dentro de la oficina cambió de forma.
Kaoru sintió una molestia absurda atravesarle el pecho.
Pequeña.
Incómoda.
Molesta.
Pero aun así asintió.
—Entiendo… sí. Es lo mejor.
Saori sonrió con educación.
Aunque sus ojos parecían observar demasiado a Kaoru.
Ren no dijo nada.
O quizá simplemente decidió no notar lo que estaba ocurriendo entre ambas.
Los dos salieron juntos de la oficina pocos segundos después.
Kaoru permaneció inmóvil mirando la puerta cerrada.