La tarde había comenzado a caer sobre Tokio cuando Ren y Saori salieron del edificio gubernamental. El reflejo anaranjado del sol se deslizaba por los ventanales altos mientras los últimos funcionarios abandonaban lentamente el lugar con carpetas bajo el brazo y expresiones agotadas.
Todo estaba listo.
Kanagawa finalmente avanzaría.
Meses de reuniones, análisis, proveedores, permisos y negociaciones terminaban reducidos a unas cuantas firmas estampadas sobre papeles oficiales. Saori caminaba con la carpeta pegada al pecho, todavía procesando la sensación de alivio que aquello le producía.
Ren, en cambio, parecía distante.
Como si hubiese dejado algo importante atrás en alguna parte que ni siquiera él sabía nombrar.
—¿Quieres comer algo? —preguntó Saori, intentando sonar ligera.
Ren negó suavemente.
—No tengo mucha hambre.
Ella lo observó de reojo mientras caminaban entre la multitud. El viento movía apenas el cabello oscuro de Ren y por momentos su expresión parecía perdida en otro lugar. No era cansancio. Saori comenzaba a entender que él vivía permanentemente acompañado por una ausencia.
Un vacío.
A unas cuadras del edificio encontraron una pequeña plaza llena de gente. Había niños corriendo entre las fuentes, parejas conversando sentadas sobre los bordes de cemento y ancianos alimentando palomas cerca de unos árboles que comenzaban a teñirse con los colores del atardecer.
Saori se dejó caer en una banca.
—Necesito descansar cinco minutos… siento que mi cabeza va a explotar después de tantas reuniones.
Ren asintió y se sentó a su lado.
El ruido de la plaza llenó el silencio entre ambos. Por un momento ninguno habló. Saori observó a un niño perseguir una pelota mientras reía y después giró lentamente hacia Ren.
Fue entonces cuando lo vio tocar el collar.
Ese gesto otra vez.
Siempre el mismo.
Los dedos de Ren rozaron la cadena con una delicadeza casi inconsciente. Sus ojos permanecían fijos en algún punto de la plaza, pero Saori entendió inmediatamente que no estaba viendo a la gente.
Estaba recordando.
—¿Te gustan las plazas? —preguntó ella en voz baja.
Ren tardó unos segundos en responder.
—Me recuerdan a alguien.
Saori bajó la mirada.
La respuesta dolió más de lo que esperaba.
—¿La chica de la que estás enamorado?
Ren no contestó enseguida. El viento atravesó la plaza levantando algunas hojas secas cerca de sus pies.
—Sí.
Saori sonrió apenas. Una sonrisa pequeña. Frágil.
—A veces pienso que nunca voy a poder competir contra alguien que vive solo en tus recuerdos.
Ren cerró los ojos unos segundos.
—No es solo un recuerdo.
Saori lo miró con atención.
Y entonces él habló.
No como alguien enamorado.
Como alguien condenado.
—La conocí cuando era niño… y desde entonces nunca he dejado de buscarla.
La voz de Ren salió baja, cansada.
—He intentado seguir adelante. He intentado convencerme de que ya no tiene sentido… pero no puedo.
Saori sintió un nudo subir lentamente por su pecho.
Porque ahora entendía algo peor.
No era que Ren no quisiera amar a otra persona.
Era que ya había entregado completamente su corazón hacía demasiado tiempo.
—Tal vez deberías darte cuenta de que ella ya está con otro —dijo Saori finalmente, intentando sonar racional, aunque por dentro algo comenzaba a quebrarse—. Han pasado muchos años, Ren…
El gesto de Ren cambió apenas.
Muy poco.
Pero lo suficiente.
Sus dedos soltaron el collar.
—No entiendes.
Saori guardó silencio.
—Y no quiero volver a hablar de esto —continuó él con frialdad—. Entre nosotros solo existe trabajo. Nada más.
Las palabras golpearon más fuerte de lo que Saori esperaba.
Ren se puso de pie inmediatamente después.
Comenzó a caminar sin mirar atrás.
Saori sintió rabia.
Dolor.
Impulso.
Se levantó de golpe.
—¡Tú me gustas!
La voz salió más fuerte de lo que pretendía. Varias personas giraron a mirar brevemente antes de seguir caminando.
Ren se detuvo.
El tiempo pareció congelarse unos segundos.
Saori respiraba rápido.
—Yo quiero estar contigo…
Ren permaneció inmóvil.
El ruido de la ciudad parecía distante ahora.
Lentamente giró apenas el rostro.
Y la tristeza en sus ojos terminó destruyendo cualquier esperanza antes incluso de que hablara.
—Lo siento…
La pausa fue pequeña.
Pero devastadora.
—No puedo.
Después siguió caminando.
Y Saori entendió que acababa de perder contra alguien que quizá ni siquiera existía ya.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Kaoru permanecía sentada frente a su escritorio con la ficha médica abierta entre sus manos.
Había intentado ignorarla.
Durante horas.
Pero el peso de aquellas páginas comenzaba a consumirla lentamente.
Sus ojos recorrían una y otra vez las mismas líneas. Fechas. Procedimientos. Observaciones clínicas. Referencias que no comprendía completamente.
Y entonces apareció el nombre.
Un hospital.
Ubicado a las afueras de Tokio.
Kaoru sintió que algo se detenía dentro de ella.
Porque no recordaba haber estado allí.
Ni una sola vez.
Volvió a leer el nombre.
Después otra vez.
Una sensación extraña recorrió lentamente su espalda.
Como si una parte olvidada de sí misma hubiese despertado apenas unos centímetros bajo la piel.
Cerró la carpeta de golpe.
Necesitaba ir.
Ahora.
Tomó rápidamente su bolso y salió del edificio sin avisarle a nadie. El ascensor descendió demasiado lento para la velocidad con la que latía su corazón.
Cuando las puertas se abrieron en el lobby, Kaoru avanzó directamente hacia la salida.
Y entonces lo vio.
Ren acababa de entrar al edificio.