Siempre fuiste Tú. Cuando el amor regresa tarde

Capítulo 31- El niño que esperaba

El hospital estaba ubicado en un pequeño pueblo a las afueras de Tokio, lejos del ruido de la ciudad y demasiado lejos del presente que Kaoru creía conocer. El camino hasta allí había estado rodeado de árboles, casas antiguas y calles silenciosas que parecían detenidas en el tiempo.

Cuando el vehículo se detuvo frente al hospital, el sol comenzaba a desaparecer lentamente detrás de las montañas.

Kaoru no bajó de inmediato.

Se quedó observando el edificio desde la ventana, sintiendo una presión extraña en el pecho.

Como si hubiese regresado a un lugar donde una parte de ella todavía seguía esperando.

El hospital era pequeño. Antiguo. Muy distinto a los grandes centros médicos de Tokio. Las paredes blancas tenían marcas del tiempo y las ventanas conservaban esa sensación rural que hacía pensar que allí todo ocurría más lento.

Y aun así…

Su corazón comenzó a acelerarse.

Porque algo dentro de ella conocía ese lugar.

Aunque su memoria todavía se negara a admitirlo.

—Señorita Kaoru…

El chofer abrió la puerta suavemente.

Ella reaccionó apenas.

—Sí… gracias.

Descendió lentamente del vehículo. El viento frío del atardecer movió su cabello oscuro mientras sus ojos recorrían la entrada del hospital. El olor leve a desinfectante, el sonido distante de una bicicleta cruzando la calle del pueblo, incluso el silencio de aquel lugar… todo le resultaba dolorosamente familiar.

Pero no entendía por qué.

Kaoru respiró profundo antes de entrar.

El director del hospital la recibió en una oficina pequeña llena de archivadores antiguos y documentos envejecidos. Era un hombre mayor, de voz tranquila y movimientos pausados, como alguien acostumbrado a convivir con recuerdos ajenos.

—Me dijeron que quería consultar un caso antiguo.

Kaoru tomó asiento lentamente.

—Sí… necesito información sobre una paciente llamada Kaoru Takagi.

El director levantó apenas las cejas.

—Hace muchos años que no escuchaba ese nombre.

Se levantó lentamente y caminó hacia una vieja estantería metálica llena de carpetas. El sonido de los archivos moviéndose llenó el silencio de la oficina mientras afuera el cielo continuaba oscureciendo sobre el pequeño pueblo.

Hasta que finalmente encontró una carpeta gastada por el tiempo.

La colocó sobre el escritorio.

Kaoru sintió un escalofrío recorrerle la espalda.

—Aquí está…

El hombre abrió lentamente el archivo.

—Accidente automovilístico… fallecimiento de ambos padres… traumatismo severo… pérdida parcial de memoria…

Cada palabra golpeaba algo dentro de Kaoru.

Como si escuchara una historia ajena.

Y al mismo tiempo demasiado cercana.

—La niña estuvo hospitalizada algunos días mientras lograban estabilizarla —continuó el director—. Después fue retirada por una familiar directa. Su tía.

Kaoru bajó lentamente la mirada hacia la carpeta.

—¿Nunca volvieron a saber de ella?

El director negó suavemente.

—No.

Después la observó con cierta curiosidad.

—Disculpe la pregunta… pero, ¿por qué está tan interesada en este caso?

Kaoru guardó silencio unos segundos.

Sus dedos apretaron lentamente la carpeta.

—Porque esa niña soy yo.

El director quedó inmóvil.

Kaoru sostuvo la mirada apenas un instante antes de desviarla nuevamente hacia las hojas.

—Ahora tengo otro apellido… pero necesito saber quién era antes del accidente.

Afuera, el último reflejo del sol desaparecía lentamente detrás de las calles silenciosas del pueblo.

Muy lejos de ahí, Ren Nakamura permanecía sentado solo en su oficina.

La luz estaba apagada.

Solo el brillo distante de Tokio entrando por las ventanas iluminaba parcialmente el escritorio donde descansaba la caja.

La abrió lentamente.

Fotografías.

Cartas.

Recortes de volleyball.

Pequeños recuerdos que habían sobrevivido más tiempo que su propia esperanza.

Ren tomó una fotografía con cuidado.

Él.

Kaoru.

Hiko.

Los tres sonriendo después de un partido infantil de volleyball.

Sus ojos comenzaron a humedecerse.

Luego tomó una carta escrita con letra infantil.

“El juego de botella fue divertido. La próxima vez yo ganaré.”

Ren soltó una sonrisa rota.

Dolía demasiado seguir recordando.

Pero dolía todavía más imaginar olvidarla.

Cerró los ojos unos segundos.

—Debo asumir que te perdí, Kaoru…

La frase apenas salió de su garganta.

En ese momento golpearon la puerta.

Ren guardó rápidamente la carta y cerró la caja.

—Adelante.

Hiko apareció asomándose.

Pero apenas vio el rostro de Ren entendió que algo estaba mal.

—¿Qué pasó ahora?

Ren intentó sonreír.

No pudo.

Hiko avanzó lentamente.

—¿Otra vez Saori?

Ren apoyó ambos brazos sobre el escritorio.

—No es ella el problema.

Hiko suspiró como si ya conociera la respuesta.

—Entonces es la niña otra vez.

Ren bajó la mirada.

—No puedo devolverle lo que siente.

—Lo sé.

—Porque todavía sigo buscándola.

La oficina quedó en silencio.

Ren continuó hablando con la voz cansada.

—Todas las pistas terminan igual… nada lleva a ninguna parte.

Hiko observó la caja sobre el escritorio.

Por primera vez dejó de bromear.

—Ren…

—Tal vez ya debería parar.

La frase sonó vacía.

Como algo que intentaba convencerse a sí mismo.

Ren abrió nuevamente la caja y sacó la fotografía.

Se la entregó a Hiko.

—Quédate con esto.

Hiko frunció el ceño.

—¿Para qué?

Ren levantó lentamente la mirada.

Y parecía completamente agotado.

—Si alguna vez la encuentras… muéstrale esta foto.

Hiko dejó de sonreír.

Ren bajó nuevamente la mirada.

—Y dile que nunca dejé de buscarla.

El silencio golpeó la oficina.




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