La oficina estaba casi vacía cuando el teléfono de Ren seguí al teléfono. Las luces de Tokio entraban por los ventanales del piso ejecutivo, tiñendo la oficina de reflejos azules y grises. A esa hora sólo quedaban algunos trabajadores terminando reportes atrasados y el sonido lejano de una impresora funcionando interrumpía el silencio.
—Kuno Iko.
Holding Iko.
Competencia directa.
Uno de los conglomerados más importantes del país.
Ren se acomodó lentamente en la silla.
—¿Qué necesita?
Kuno no perdió tiempo.
—El proyecto Kanagawa no debería realizarse.
Directo.
Sin rodeos.
Ren dejó el lápiz sobre el escritorio.
—Entonces llamó a la persona equivocada.
—No lo creo —respondió Kuno con calma—. Usted es el hombre detrás del proyecto.
Ren guardó silencio.
La voz continuó con una suavidad inquietante.
—Dígame un precio, señor Nakamura. El necesario para que Kanagawa desaparezca.
Ren soltó una pequeña risa incrédula.
—No puede comprar esto.
—Todos tienen un precio.
—Kanagawa pertenece a esta empresa. Hemos trabajado demasiado para levantarlo.
Hubo un pequeño silencio.
Y cuando Kuno volvió a hablar, la cordialidad desapareció por completo.
—Sería una lástima que la directora Kaoru… el director Yoshiro… o la eficiente asistente Saori se vieran involucrados en algún accidente por culpa de su terquedad.
El cuerpo de Ren se tensó inmediatamente.
Sus dedos se endurecieron alrededor del teléfono.
—¿Qué acaba de decir?
—Tiene tres días.
La voz seguía siendo tranquila.
Eso era lo peor.
—Y escúcheme bien, Nakamura… no le diga nada a nadie. Si habla con la policía o intenta hacerse el héroe… las amenazas dejarán de ser amenazas.
La llamada terminó.
Así.
Sin despedida.
Ren quedó inmóvil mirando el escritorio.
Por un instante el ruido de la ciudad desapareció completamente.
Kaoru.
Saori.
Yoshiro.
Los nombres comenzaron a mezclarse dentro de su cabeza mientras intentaba entender qué debía hacer.
¿Aceptar el dinero?
¿Abandonar Kanagawa?
¿Acudir a las autoridades?
Pero incluso mientras lo pensaba entendió algo mucho peor.
Los hombres como Kuno Iko no amenazaban si no estaban seguros de poder cumplirlo.
Ren pasó lentamente una mano por su rostro.
Y por primera vez desde que comenzó el proyecto… sintió miedo real.
Aquella tarde el entrenamiento de volleyball fue un desastre.
Las niñas lo notaron desde el principio.
Ren olvidaba ejercicios simples. Dejaba frases a la mitad. Dos veces lanzó indicaciones equivocadas y una de las niñas terminó mirándolo confundida antes de corregir sola la posición dentro de la cancha.
Hiko lo observaba desde un costado con evidente preocupación.
—¿Te pasa algo?
Ren reaccionó tarde.
—¿Qué?
—Llevas diez minutos mirando el mismo balón.
Ren bajó la mirada.
El gimnasio seguía lleno de ruido, zapatillas deslizándose sobre el suelo y voces infantiles llenas de energía. Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Y eso le producía una sensación extraña en el pecho.
Porque ahora sabía que algo podía romper esa normalidad en cualquier momento.
Volvió a tocar el colgante bajo su polera casi inconscientemente.
Kaoru apareció inmediatamente en su mente.
Después Saori.
Y entonces entendió que el miedo ya no era únicamente por el proyecto.
Al día siguiente, la sala directorio estaba llena de carpetas, tablets y documentos relacionados con el próximo viaje a Kanagawa.
Saori revisaba proveedores mientras Hiko ajustaba el cronograma de reuniones. Kaoru permanecía sentada al centro de la mesa repasando unos informes con aquella tranquilidad elegante que comenzaba a desordenar demasiado a Ren.
Porque ella no sabía nada.
Y verla así sólo empeoraba todo.
El teléfono de Kaoru sonó sobre la mesa.
Ella sonrió apenas al ver la pantalla.
—Es Yoshiro.
Contestó inmediatamente.
La voz de Yoshiro llegaba desde Estados Unidos con cansancio, pero también con alivio. Le comentó que casi todo estaba listo y que probablemente regresaría a Japón antes de lo previsto.
Kaoru sonrió mientras escuchaba.
—Tómate el tiempo que necesites. Yo estoy bien… desde la visita al médico me he sentido mucho mejor.
Ren desvió la mirada al escuchar eso.
Kaoru siguió conversando un poco más antes de cortar la llamada.
Después comenzaron nuevamente a organizar detalles del viaje a Kanagawa.
Fechas.
Reuniones.
Permisos.
Todo seguía avanzando.
Como si el peligro todavía no hubiese entrado realmente en sus vidas.
La puerta de la sala se abrió suavemente.
La asistente de Kaoru inclinó apenas la cabeza.
—Directora Takahashi… tiene una visita.
Kaoru levantó la vista.
—¿Quién?
La asistente revisó la tablet.
—Kuno Iko. Presidente del holding Iko.
Ren sintió un golpe seco en el pecho.
El nombre atravesó la sala como una corriente fría.
Saori levantó apenas las cejas con curiosidad.
Hiko dejó lentamente la tablet sobre la mesa.
Pero Kaoru sonrió.
—¿Kuno vino personalmente?
La puerta volvió a abrirse.
Y entonces apareció él.
Traje oscuro impecable.
Cabello perfectamente ordenado.
Una sonrisa elegante imposible de descifrar.
Kuno entró a la sala con absoluta naturalidad. Como si perteneciera allí. Como si la llamada de la noche anterior nunca hubiese existido.
Kaoru se puso de pie inmediatamente.
—Kuno.
El hombre sonrió con cercanía mientras la saludaba afectuosamente.
Después saludó cordialmente a Saori.
Luego a Hiko.
Y finalmente sus ojos llegaron hasta Ren.
Kaoru habló antes.
—Él es Ren Nakamura. El cerebro detrás del proyecto Kanagawa.